Columnistas

Navidad en el Cuerno de África

Durante la estación de lluvias las ventas se reducen y su economía de subsistencia hace aguas

La Razón / Jorge Albuixech

00:56 / 06 de enero de 2012

Melkan y Gyrma son hermanos. Melkan tiene 20 años, dejó la escuela cuando faltaron sus padres para cuidar de la casa y de Gyrma. Gyrma tiene 24 años y es sordo, dejó la escuela cuando faltaron sus padres para conseguir ingresos y cuidar de Melkan. Gyrma no tiene una sordera completa, sigue el ritmo de la música africana cuando el volumen le resulta audible, pero nunca ha usado audífono y tiene ciertas dificultades en el habla.

Gyrma construye pequeñas barcas decorativas de papiro para poder pagar el alquiler de su minúscula cabaña. El alquiler mensual de la cabaña asciende a 200 birr, el equivalente a unos 15 dólares o a una noche de hotel occidental junto al Nilo Azul. Las manos de Gyrma están hinchadas y deterioradas, los pequeños cortes producidos por los tallos de papiro las han envejecido prematuramente. Los forengys y algunos turistas nacionales compran los pequeños barcos por unos 20 birrs. Las ventas dependen de las estaciones, durante la estación de lluvias las ventas se reducen y la economía de subsistencia de los hermanos hace aguas.

Melkan prepara café e injeras (un tipo de pan muy delgado que forma la base de cualquier comida etíope) en la cabaña, mientras espera que Gyrma vuelva de trabajar. Los pósters de estrellas etíopes de la canción decoran el interior de la cabaña. Por fuera, los excrementos de ganado revisten la estructura de adobe haciéndola más impermeable. A veces, Melkan echa una mano a sus vecinas en el procesado del grano y las legumbres; a cambio ellas le prestan algunos utensilios de cocina cuando los necesita.

Un viejo y oxidado pedazo de varilla metálica de obra hace las veces de mazo para moler el café, una colección de antiguas botellas de una conocida marca de refrescos y un par de platos de plástico hacen las veces de vajilla, y sendos sacos de paja hacen las veces de silla y camastro. No hay mucho más en la humilde cabaña de los hermanos. Con todo, Melkan y Gyrma no pierden la sonrisa. Se pueden considerar afortunados, no han tenido que recurrir a la mendicidad para subsistir. Las decenas de cuerpos semidesnudos que yacen en las puertas el templo copto se lo recuerdan a Gyrma cada mañana, cuando inicia su ronda matutina en busca de clientes.

Melkan y Gyrma me invitaron a tomar café con ellos el 25 de diciembre. El domingo es el único día que Gyrma no sale a vender. Melkan y Gyrma saben poco o nada de la Navidad occidental, pero Gyrma ha notado un cierto incremento en las ventas de barquitos durante estos días. Gyrma no entiende por qué los forengys compran más de lo que necesitan. —“Deberían de ahorrar para cuando llegue la estación mala”, dice Gyrma contrariado.

Tras compartir con ellos unas cuantas tazas de café tradicional volví a mi confortable alojamiento occidental. Tenía una colada pendiente. Lavaba mi ropa en la bandeja de la ducha cuando se fue la luz, como tantas otras veces. Sin embargo, en esta ocasión no maldije el oportunismo del apagón. Recordé la sonrisa de Melkan cuando prepara café y espera pacientemente a que el café se tueste sobre las insignificantes brasas, espera a que vuelva su hermano, espera a que se haga de día para poder disponer de luz e iniciar las tareas domésticas, espera poder ahorrar algo de dinero para poder pagar el alquiler y, en definitiva, espera que nada desestabilice su frágil modo de vida para poder seguir sonriendo. Melkan y Gyrma me enseñaron a esperar con una sonrisa, y así esperé hasta que volvió la luz.

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