Columnistas

Navidad y felicidad

Por obra y arte de estas movidas políticas, el país está más dividido que nunca

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:00 / 25 de diciembre de 2015

En un día tan especial como el de Navidad se debería hablar de felicidad y buenos deseos, que es el espíritu de esta fiesta tan peculiar e importante del calendario litúrgico. Pero hablar de felicidad en nuestro país en la época tan controversial que vivimos, donde la disputa de los espacios políticos deja muy poco a la imaginación, pareciera una tarea imposible.

No sé si somos un país feliz, que debería ser la meta de todos nosotros, pero cuando prendemos la televisión, miramos los periódicos o escuchamos las radioemisoras a cualquier hora del día o de la noche, el primer impulso es: cambiar de canal, pasar de hoja o buscar otra emisora de radio. Tan densa y frustrante es la propaganda sobre los logros de la administración actual a todo nivel, la imagen de ensueño que tratan de trasmitir y, por otro lado, la desigual lucha de los opositores que desde sus esmirriadas trincheras tratan de demostrar lo contrario, que la única salida pareciera ser acudir a la lectura de un buen libro, con la soledad interior de cada cual como única compañera. Ni qué decir de las redes sociales, donde la guerra es todavía más enconada y muchas veces más personalizada y atroz.

Así llegamos a la Navidad 2015, en un país en el que, cuando se sale a la calle y se interactúa con el chofer del transporte, con los vecinos, con los colegas de trabajo o con los transeúntes casuales que puedan cruzarnos, se respira la controversia, la división de bandos, la lucha entre “nosotros” y “ellos”, izquierdistas y derechistas, originarios y de los otros, progresistas y conservadores, revolucionarios y oligarcas, los arrimados y los áulicos del régimen de turno y la periferia. Así transitamos esta etapa de duro bregar por definir si dejaremos que la fábula actual se prolongue más allá de 2020, si el juego de miles de millones de dólares que nos hace soñar seguirá, si los megaproyectos que habitan el mundo onírico se traslaparán a la realidad futura y cercana por el milagro de perpetuar el régimen que los concibió.

Si algo está claro es que, por obra y arte de estas movidas políticas, el país está más dividido que nunca y las posiciones, más controvertidas que nunca; la indignación de la gente por los excesos va en aumento; la credibilidad en sus autoridades, en descenso; la informalidad a sus anchas y la luz al final del túnel más lejana que nunca. Sin embargo, y como es constante en esta tierra bendita, la gente no dejará de festejar y de bailar (se baila casi todo el año, contando fiestas patronales, carnestolendas, efemérides, prestes y fiestas menores); la economía doméstica seguirá su rumbo; el mercado interno no dará abasto a compradores que gastan ya su segundo aguinaldo (el primero también); la sensación en los mercados de las ciudades principales es y será de bonanza, a cualquier precio pero bonanza al fin. Todo el mundo comprará y se divertirá sin pensar en el detalle, tampoco en las luchas intestinas por ganar el referéndum de febrero. Así llegaremos a ese evento después del Carnaval, donde se habrá festejado y bailado hasta la saciedad; y entonces, el resultado será producto de la sensación que dejen los festejos más que de la sesuda reflexión de los votantes. Pero al fin y al cabo seguiremos siendo un país feliz a nuestra manera. No obstante, la verdadera felicidad, aquella que es producto del esfuerzo cotidiano por ser mejores, seguirá siendo tarea pendiente, una quimera a alcanzar, un sueño a concretar. ¡Felices fiestas!

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