Columnistas

Navidad mojeña y el TIPNIS

En sus orígenes esta fiesta simbolizaba a los mamelucos paulistas que llegaban en busca de esclavos

La Razón / Xavier Albó

20:35 / 24 de diciembre de 2011

Las solemnes celebraciones del ciclo navideño empiezan en Mojos ya con la novena del Niño y la Nochebuena, luego siguen con la escenificación de la matanza de los niños inocentes el día 28, la procesión del Niño ya algo crecidito en Año Nuevo, la solemne llegada de los Reyes y Reinas Magas con todo su séquito el 6 de enero, y concluye con una alegoría casi única en el último domingo del ciclo, hacia fines de enero, llamada la “Fiesta del barco”. Todo ello viene sazonado con alegres villancicos de diversos orígenes, de los que 122 han sido recogidos en el archivo musical de San Ignacio.

Por cierto, muchas de esas y otras piezas musicales se han recuperado gracias a las partituras que año tras año diversos copistas han ido acumulando, cabalmente en pequeñas comunidades del TIPNIS, que se fundaron ya en época posjesuítica y republicana con trinitarios que se escapaban de patrones ganaderos que se habían lanzado como tigres hambrientos a avasallar sus territorios ancestrales. En algunas de esas comunidades poscoloniales se han salvado cientos y hasta miles de esas partituras.

En el suplemento Ideas, de Página Siete, ya hemos desarrollado en mayor detalle, juntamente con Enrique Jordá, que fue párroco de todo Mojos durante 20 años, varios aspectos de esta colección musical y de la mencionada fiesta. Aquí me limitaré a señalar algunos aspectos de la “Fiesta del barco”, que en el contexto actual hasta podríamos reinterpretar con una alegoría de lo que podría ocurrir también en el TIPNIS.

Enrique Jordá ha participado varias veces en esa fiesta y así la relata: “Llega con sus remos o imitando el ritmo del remar con sus pañuelos, un grupo de gente mal vestida, con raras cabelleras y dando gritos fuertes y disonantes. Ahora en San Ignacio  traen incluso la bandera brasilera. Por el camino y en el templo saludan a María y al Niño cantando a veces en portuñol: —‘Señora Doña Maria, bona note teña uted’. Y al Niño le dicen: —‘Ya no yore pues niñito, buñuerito ten dare, y si no quieres cayá, coquito te ha de comer’ (aunque algunas versiones previas al avance cocalero ya decían ‘coquita te haré comer’).

Traen tres cachas (baúles), las dos primeras con ropitas y trastos viejos que ofrecen uno por uno al público indicando su precio. La gente ríe por las ocurrencias de los vendedores y por los utensilios inservibles que ofrecen, en medio de danzas descompasadas. Al final abren la tercera cacha, que siempre está llena de petos (avispas). La gente ya lo sabe de otros años, y todos se escapan corriendo antes de que les piquen. Después, liberados ya de esos estrafalarios visitantes, se reúnen todos en el cabildo Indigenal, para comer, bailar y alegrarse hasta la puesta del sol”.

En sus orígenes esta fiesta simbolizaba a los mamelucos paulistas que llegaban a las misiones, quizás con productos como anzuelo, pero lo que querían era capturar “piezas”, es decir, esclavos.

¿No puede pasar de nuevo algo semejante con los que quieren seducir ahora a los comunarios del TIPNIS para penetrar en su territorio, sin olvidar tampoco la OAS o el IRSA del Brasil? ¿Se soltará al final a los petos? Por suerte, todo acaba con un gran festival propio en la sede del cabildo.

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