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Navidad

El misterio de la Navidad está en que la divinidad se oculta en la humanidad de un niño recién nacido

La Razón / José Gramunt de Moragas

20:35 / 24 de diciembre de 2011

La Navidad me sugiere dejar aparte el comentario sobre hechos actuales que nos inquietan. Hacerme el distraído sobre la habilidad gubernamental para cometer iniquidades, precisamente en estas fechas en que todos deberíamos alentar la paz y la concordia.

Ante todo, la Navidad no puede entenderse si no es a la luz de la fe. El misterio de la Navidad está en que la divinidad se oculta en la humanidad de un niño recién nacido de una Virgen. Y en que ese niño es Jesús, el Salvador. El escenario de este gran acontecimiento no es común. Los primeros “personajes” que rodean al Niño, a María y a José, son la mula y el buey, dando calor al frío pesebre. Luego vendrán los pastores que tuvieron oídos para escuchar la voz del ángel. También escucharon el mensaje los magos o sabios, venidos de lejos, conducidos por una estrella que no podían ver ni imaginar los astrólogos de entonces ni los astrónomos de hoy.

Estos insólitos acontecimientos incomodan al establishment que domina Judea. El poder político representado en el sensual Herodes, rey de Judea, teme la llegada del Mesías anunciado por los profetas. Teme que el niño nacido en Belén le discuta la corona. Y convoca a los magos para que le informen sobre el recién nacido. Como los sabios vuelven a sus tierras sin dar cuenta de lo visto, Herodes dispuso la degollina de todo infante nacido en aquellos días. Por otro lado, el poder imperial que ejerce Poncio Pilato, el pretor, vigila el orden público: no sea que aparezca un líder de “la resistencia” de los israelitas rebeldes a la dominación extranjera.

Para entender los misterios de la Navidad —repito— hay que empezar escuchando con unción los anuncios bíblicos de la llegada del Mesías, Jesús, el Salvador. La salvación vendría de una forma extraordinaria. Dios había escogido a una joven Virgen destinada a parir al Salvador. Bendita porque cree, espera y obedece a la voluntad divina. El evangelista Lucas nos relata la exclamación de María al recibir el encargo extraordinario de ser madre de Dios. Copio esas palabras de María con profunda reverencia:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador (…) Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho cosas grandes por mí, y su nombre es santo, su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con sus brazos: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos les colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc. 1,45-56). Éste es pues el misterio en el que creemos los cristianos.

Pasando del Evangelio a la cotidianidad del mundo, hay un aspecto reconfortante de estas fiestas. Las felicitaciones sinceras. La cálida reunión familiar.

El retorno de los alejados. La reconciliación de los adversarios. Sin embargo, a estas nobles manifestaciones se entrevera la prosa consumista. Los mercaderes instalan sus tenderetes en el templo. Convierten el templo que se levantó para conocer y cumplir la Ley de Dios, y no para comerciar, ni convertirlo en garrapata parasitaria del espíritu de los fieles. O, dicho de otra manera, el consumismo sólo entiende el comprar y vender sin más límites que los que impone el bolsillo de cada cual o su capacidad de endeudamiento. El comer y beber hasta donde alcance la capacidad digestiva a incluso más allá de lo que exige la propia salud y el buen comportamiento.

Y termino deseando que el auténtico espíritu de la Navidad alegre y consuele a todos mis amables lectores y a sus familias.

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