Columnistas

Negra violencia

En estas narraciones se integran los personajes y hechos que fueron la carne de una historia execrable

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:24 / 01 de febrero de 2012

Raro país en América Latina —y esto es mucho decir— ha vivido la dosis de violencia y crueldad que Colombia ha vivido a lo largo de su historia republicana y, particularmente, durante el siglo XX. Hay una amplia zona de su narrativa que ha hecho ficción a partir de esta violencia y esta crueldad, dando lugar a una de las escrituras más oscuras del continente. Entre algunos de los más notables escritores de esta narrativa están Santiago Gamboa (1965), con Perder es cuestión de método (1997); Nahum Montt (1967), con El eskimal y la mariposa (2005); Guillermo Cardona (1961), con La bestia desatada (2007); y algunos de los más experimentados como Óscar Collazos (1942), con su reciente Señor Sombra (2009). En éstas y muchas otras narraciones del género negro colombiano se integra —más a la manera de la non-fiction novel— los personajes y los hechos que fueron la carne de una historia execrable, donde parece borrarse todo valor, todo principio, todo límite.

Se trata de una lectura que a momentos se hace intolerable. La ejecución de comunidades enteras, las fosas comunes, los formatos de tortura, la manipulación y mutilación de cadáveres, el desprecio por la vida y los derechos, el abuso y los extremos del poder, la corrupción en serio, la inmoralidad, el olvido de todo principio ético e ideológico, en fin, elementos para nada desconocidos en nuestras narrativas, hallan aquí una estridencia particular, acercándose a la narrativa de la dictadura en el Cono Sur y sumándose a ella en cuanto a una reflexión descarnada sobre la deshumanización de las relaciones sociales y políticas, y la puesta en escena de una crueldad inaudita. Y ni menciono a México, cuya “colombianización” en cuanto a violencia y crueldad (pensemos en las muertas de Juárez y todo lo que se les ha venido después) ya va llegando también a un extremo sin nombre.

Dos cosas parecen especialmente importantes una vez que ha decantado esta lectura dolorosa: la primera tiene que ver con que la barbarie muta, la violencia se metamorfosea, la crueldad no hace más que cambiar de cara. Pero están ahí, negadas por una prensa y un Estado que prefieren no hacerse cargo de o hacer poco evidentes tales mutaciones y metamorfosis, y así poder hablar a boca llena del retorno de la paz y el respeto a los derechos. Esta literatura pareciera alertar sobre el discurso anestesiador del poder en torno a estos temas. Y, en segundo lugar, está el género (negro) de la novelística más contemporánea, indispuesta con toda amortiguación o idealización de lo que fue y es una experiencia histórica aberrante. Más del lado de Fernando Vallejo que de Gabo o Mutis, estos escritores han definido una nueva conversación con la historia, de modo de establecer que a ésta no se le puede hacer el quite; que el lenguaje, el discurso, la imagen son parte de ella.

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