Columnistas

¿Neoconservadurismo a la francesa?

Al querer imponer el bien por la fuerza, se corre el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad.

La Razón (Edición Impresa) / Tzvetan Todorov / La Paz

03:48 / 24 de febrero de 2013

La intervención militar en Malí, iniciada el 11 de enero de 2013, suscita, entre otras, una pregunta: ¿por qué ideología se ha regido la decisión de intervenir? Y más en concreto: ¿se trata de una variante del neoconservadurismo que sirvió de justificación a otras guerras anteriores contra países musulmanes (Irak, Afganistán, Libia)? El neoconservadurismo es una doctrina política de-sarrollada en EEUU después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. A pesar de este nombre, que se ha extendido, no es una doctrina derivada del conservadurismo. Más bien, se basa en la idea de que hay que intervenir en otros países para erradicar el mal que impera en ellos e imponer el bien: en este caso, para defender el ideal democrático y los derechos humanos. O, como decía el expresidente George W. Bush, para hacer que la libertad triunfe sobre sus enemigos, en política y en economía. Es decir, el neoconservadurismo es moralismo e idealismo, y es diferente de doctrinas geopolíticas como el realismo, según el cual la política exterior de un país la dictan sólo sus intereses, sin que preocupe en absoluto el destino de otros pueblos.

Emprender una guerra para defender el suministro de petróleo (o de uranio) no tiene nada que ver con el neoconservadurismo, mientras que hacerlo para llevar un régimen político mejor a otros países sí se ajusta a esta doctrina. En este aspecto está emparentado con otras formas de mesianismo, como el colonialismo, que se justifica en la superioridad de la civilización occidental; y el comunismo, que pretende garantizar a los pueblos que lo adoptan un porvenir radiante. Las justificaciones ofrecidas por los dirigentes de los países occidentales para sus intervenciones militares más recientes no tienen por qué ser las verdaderas causas. Éstas pueden estar relacionadas con otras lógicas, económicas, estratégicas o de política interior. Pero esas justificaciones son las que permiten “vender” mejor la guerra tanto a su propia población como a otras: mientras que la pura defensa del interés se identifica con el egoísmo, el altruismo es un sentimiento que se valora más.

La adhesión de la población a la guerra es indispensable, porque contribuye a aumentar la popularidad de los dirigentes: nos gusta creer que les empuja el deseo de hacer el bien. De ahí que la doctrina neoconservadora, que presenta a los países occidentales como una encarnación de valores superiores y un baluarte contra el salvajismo de los demás, tenga tan buen recibimiento entre la clase política y los editorialistas de los grandes medios de comunicación. En Francia, durante toda la crisis siria, se han oído llamamientos a intervenir para combatir a los bárbaros, los criminales, los verdugos del pueblo sirio, y defender a los valientes revolucionarios (los autores neoconservadores recurren de forma sistemática al vocabulario maniqueo).

La intervención francesa en Malí contó, en el primer momento, con una doble justificación. La primera era la petición expresa de los gobernantes malienses de que fueran a defenderlos contra una agresión exterior, la de los islamistas, que ya se habían hecho con el control del norte del país y podían adueñarse también de la mitad sur. Se trataba, pues, de responder al llamamiento de un aliado, de cumplir nuestras obligaciones contractuales: unos actos que no corresponden al    neoconservadurismo. La segunda era impedir que el Sahel se convirtiera en una base para actos terroristas dirigidos contra Europa y, por tanto, contra Francia. Ésta era una cuestión de defensa propia, porque era un golpe preventivo para impedir nuevas agresiones.

Hasta aquí la teoría. En la práctica, surge un interrogante: ¿verdaderamente es una “amenaza para Europa”, como dice Angela Merkel, que los islamistas se hagan con el poder? En ese caso, ¿por qué solo ha intervenido Francia? En un Consejo extraordinario celebrado en Bruselas el 17 de enero, los ministros de Asuntos Exteriores español y alemán preguntaron a su colega francés: ¿cuál es “el auténtico propósito” de su intervención? El ministro francés, sin duda algo molesto, respondió: “Detener a los terroristas”, pero añadió a continuación: “remontarnos a las fuentes del terrorismo”, con lo que se situó bajo la bandera neoconservadora.

Incluso suponiendo que se conozcan esas fuentes con exactitud, su eliminación implica hacerse con el control de un inmenso territorio y ayudar a la reconstrucción de la sociedad maliense; es decir, instalar un ejército de ocupación durante un periodo indeterminado. En este sentido, los episodios anteriores de la “lucha contra el terrorismo” no invitan a ser muy optimistas.

En las próximas semanas tendremos la respuesta a nuestra pregunta inicial. Veremos si el Ejército francés se conforma con impedir el avance de los rebeldes y debilitar su poder militar, o emprende una transformación profunda de la sociedad del país para eliminar las “fuentes del terrorismo”. Si estos rebeldes son una amenaza genuina contra Europa o los países africanos limítrofes, entonces tendrán que combatirlos todos los afectados, y no sólo la antigua potencia colonial. Al querer imponer el bien por la fuerza, corremos el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad.

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