Columnistas

(Neo)folklorización de la cultura

Me resisto a asumir esa visión sesgada que ha convertido al folklore en el abanderado de la cultura

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:09 / 10 de marzo de 2015

Me niego rotundamente sumarme a aquellos chauvinistas que reducen toda la identidad nacional al folklore, o más precisamente a la música conocida como folklórica; y no porque las creaciones e interpretaciones de este estilo musical se han empobrecido estéticamente en los últimos tiempos a tal punto que asusta.

Resulta que me resisto a asumir esa visión sesgada e inocua que ha convertido al folklore en el abanderado de la cultura “nacional”, veta única para difundir los valores de la identidad boliviana. Esto, ciertamente, no hace más que homogeneizar y desnaturalizar la misma esencia de las expresiones culturales, múltiples y diversas del país, comprimiéndolas peligrosamente en una burda estilización que expresa un refinamiento decadente e insoportable.

Esta reflexión viene a propósito del debate surgido, la anterior semana, en torno a la participación del grupo Pasión Andina en el Festival de Viña del Mar. Dicho debate produjo incomprensiblemente una censura al destacado músico Grillo Villegas, quien criticó con argumentaciones sólidas la calidad de aquella participación. Como si se hubiera hurgado el avispero, el arrebato de un patético chauvinismo se estrelló contra Villegas,  e incluso se le llegó a coartar su libertad de expresión en una red social.

En contrapunto y aludiendo también al deterioro estético del (neo)folklore nacional, otro músico boliviano, Ernesto Guevara, aseveró: “Después de escuchar a Domínguez y a Cavour, a Los Jairas, Aymara o a William Ernesto Centellas... pones un tema nuevo del folklore de nuestros días y de repente el Grillo tiene toda la razón del mundo”.

Más allá del deterioro estético, llama poderosamente la atención que este tipo de folklore se limita a mostrar solo aquellas dimensiones exportables, como si fuera un cercenador del abigarramiento cultural del país, para convertirlos en objetos de consumo globalizado. De allí se explica, por ejemplo, el ritmo y el baile del caporal, que fue lo que Pasión Andina llevó al certamen en Chile.

Me resisto a recorrer por aquellos recovecos tortuosos de alineamiento a esa añeja tradición de folklore asociada a reforzar aquellas formas de mostrar al mundo solo las dimensiones exóticas y externas de la cultura, muchas veces destinadas al consumo del mercado. Los Kjarkas y sus hijos/sobrinos de Ch’ila Jatun son ejemplos ineludibles de esta mercantilización del folklore.

Para colmo, una de las preocupaciones emergentes de esta folklorización burda de la cultura es que ésta está siendo impulsada desde las esferas estatales. Así apareció un proyecto propiciado por Los Kjarkas para hacer un escenario en sus predios de Chillimarka (Cochabamba) que esperan estos músicos sea financiado con recursos estatales. Seguramente para que este festival local compita con el de Viña del Mar, y así poder premiar una interpretación folklórica boliviana cada año, aunque la misma no tenga los méritos musicales necesarios. Según esta corriente, lo importante es “difundir nuestra música, que es la mejor del mundo”. Por favor, esta visión es la expresión de un provincianismo barato y hasta peligroso, ya que es ideologizante (como dice el antropólogo ecuatoriano Patricio Guerrero), porque alimenta una mirada romántica, paternalista, ilusoria, sesgada y etnocéntrica de nuestra abigarrada cultura, despojándola incluso de sus propias raíces y potencial creativo genuino a nombre de una identidad nacional.

Es sociólogo.

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