Columnistas

Noche quebrantada

¿No sería bueno destinar recursos para aliviar el dolor de los bolivianos que requieren atención?

La Razón / Édgar Arandia

00:08 / 11 de marzo de 2012

Para que las futuras generaciones se acuerden de ellos, muchos gobernantes quieren dejar obras monumentales que perpetúen sus nombres. Muchos líderes mundiales que inscribieron su recuerdo con letras de sangre vieron en vida (también) cómo sus monumentos y bustos fueron derribados por la muchedumbre que años antes los aclamaba.

En fin, es bueno saber que el Palacio Quemado será ampliado para tener mejores condiciones de trabajo, eso es bueno en tanto el Estado honre los convenios firmados con la Unesco. Es bueno saber que en Orinoca, el pueblo natal del Presidente, se construirá un museo en vez de un cuartel. Todo eso es bueno si también miramos urgencias que ya no pueden esperar más, y que puedan ser solucionadas con pequeñas obras que alivien el dolor de la gente.

Hace una semana, mi señora madre (anciana ella) se puso muy mal. Como afiliada a la Caja de Salud en la que se encuentra todo su historial clínico, tuvimos que llevarla a Emergencias del  Hospital Obrero. Llamamos hasta la desesperación para que una ambulancia fuera a recogerla. Todo inútil, así que decidimos cargarla y llevarla hasta Emergencias. De allí nos destinaron al Maternológico, que queda muy cerca. Luego de angustiantes horas de análisis, la devolvieron a Emergencias para hacerle otros estudios. Las estrechas salas estaban repletas, ancianos agónicos que llegaban con sus parientes; asaltados y accidentados ocupaban los pasillos. Un ambiente de gritos y reclamos producía una luz amarillenta, espesa. La impotencia y estar a la merced de médicos y enfermeras producían tal tensión que se inflaba en los tumbados, a punto de estallar. Camillas, sueros y gritos eran acompañados por el repiquetear de máquinas de escribir para los informes de los médicos de turno. Como a las tres de la mañana, este ruido incesante se enturbió con un ¡crash! Eran los médicos y practicantes de turno que clavaban el pico sobre sus informes, rendidos. El trabajo frenético no cesó un momento. Los médicos eran mujeres, muy jóvenes ellas, que trataban de complacer a todos, por supuesto sin lograrlo. Finalmente, como a las cuatro de la mañana, salió mi madre de una radiografía y logró integrar un módulo con un paciente roncador. Me puse a conversar con ella para que se cansara y durmiera, se quejó de que la hayamos llevado a ese lugar, diciendo que quería irse a casa a morir. Al verla dormir, salimos a tomar aire, y ahí afuera decenas de personas, envueltas en frazadas, estaban esperando ya dos días para que les dieran cama a sus familiares; gente de escasos recursos que no puede acceder a una clínica privada y debe depositar su esperanza en la medicina pública.

Presentamos nuestros reclamos a la responsable para saber si cabía la esperanza de una cama para que mi madre se internara. En tanto hacíamos esto, escuchábamos otro ¡crash! de un practicante que clavaba el pico sobre su informe, exhausto. Nos dijeron que a las 07.00 habría una cama. Volvimos a salir, y ahí pude ver una plaqueta de bronce que ponen los políticos de turno para que la gente diga: “Ya ve, alguito ha hecho”. Ésta rezaba: “Ampliación de la Sala de Emergencias del Hospital Obrero Nº 1. Ministro de Salud, Mario Paz Zamora, 1990”. Vale decir que hace 22 años que esa sala no ha sufrido ni un arreglo y mucho menos una ampliación. No funcionan los baños, su iluminación es insuficiente y ya no reúne las mínimas condiciones para tratar a seres humanos.

De los millones de bolivianos que se gastan en esas obras mastodónticas, ¿no sería bueno destinar unos cuantos para aliviar el dolor de los bolivianos que requieren atención médica? Tengo información de que la mayoría, sino todos, los servicios de emergencias de la salud pública andan en condiciones parecidas. ¿Será mucho pedir morir con dignidad?

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