Columnistas

‘Noli me tangere’

José Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar los abusos de la colonización

La Razón / Juan Goytisolo

00:34 / 12 de mayo de 2012

Quién conoce en España a José Rizal? La extendida ignorancia de lo escrito en nuestra lengua en Iberoamérica a lo largo del siglo XIX abarca también, y se acentúa, en lo que concierne a las remotas y olvidadas Filipinas. Si, a diferencia de la otra orilla del Atlántico sólo los especialistas en el tema han calado en la obra de Andrés Bello, Sarmiento, Martí e incluso, más cerca de nosotros, José Vasconcelos, la espesa nube que oculta su labor al lector español se adensa aún en torno a Noli me tangere, la novela de Rizal, impresa en Berlín a cuenta de autor en 1887 y condenada de inmediato al ostracismo en razón de su “carácter herético” y su “filibusterismo” por las autoridades religiosas y militares del Archipiélago.

Gracias a su biógrafo Rafael Palma y el prologuista de la novela Leopoldo Zea sabemos que Rizal, un tagalo hispanizado que manejaba la lengua de Cervantes con la misma inteligencia y soltura que el Inca Garcilaso, nació en Calamba en 1861. Autodidacta primero, como un puñado de indígenas de la excolonia española —los frailes les adoctrinaban en su idioma, pero habían prohibido la enseñanza del nuestro so pretexto de que no se contaminaran con ideas nocivas y perdieran sus preciosas almitas—, cursó luego estudios de medicina y filosofía en Madrid, París y Heidelberg.

De la excelencia de su formación dan muestra sus vastos conocimientos en francés, inglés y alemán, así como su lectura de corrido en latín. Escritor, pintor, médico, oftalmólogo (curó de la ceguera a su propia madre), poseía en suma una cultura muy superior a la de sus colegas españoles de la época. Su ideario nacionalista, forjado por la experiencia de la opresión colonial de las islas, excluía no obstante el recurso a la violencia. Fundador primero de la revista La Solidaridad y luego de La Liga Filipina, sus publicaciones provocaron en España un rechazo y ostracismo similares a las que ocho décadas antes sufrió Blanco White.

El futuro de las islas le preocupaba con razón. Conocía por experiencia la precariedad del dominio español y las apetencias que suscitaba el Archipiélago entre las grandes potencias europeas y el emergente poder norteamericano. ¿Qué será de las Filipinas dentro de cien años?, es el título de uno de sus ensayos compuesto durante su larga estancia en el Viejo continente. Como muchos escritores hindúes, árabes y africanos del siglo que dejamos atrás, Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar las injusticias y abusos de la colonización. De esta contradicción insoluble entre el amor a una lengua y cultura que asumía como propias y la indignación ante los atropellos cometidos contra sus hermanos indígenas brota, como un géyser, la fuerza de su escritura. Las burlas y el desprecio por parte de los frailes y guardias civiles a los tagalos que se expresaban en español no eran solo indignas de su proclamada misión redentora, sino que actuaban a muy corto plazo contra los intereses de España. Sus temores, como sabemos, se convirtieron en realidad. Hundida en unas horas la flota española amarrada en Manila y expulsada la administración del decrépito poder colonial por los invasores estadounidenses, éstos impusieron el inglés a los nativos y el español pasó en unos pocos años a la triste condición de lengua extinta (únicamente subsistió el chabacano, un híbrido de castellano y tagalo sin expresión literaria alguna). Las amargas reflexiones de Rizal sobre su inútil empeño por asumir un idioma abocado a desaparecer de las Filipinas (“¿Para comprender los insultos y amenazas de los guardias civiles?”, escribió. “Para eso no hay necesidad de saber español, basta comprender el lenguaje de los culatazos”) se cumplieron puntualmente. Diez años después de su muerte, la inmensa mayoría de sus compatriotas no podía entender la obra de su primer escritor.

Movido por la nostalgia, el autor de Noli me tangere regresó a Filipinas en 1892. Acusado de simpatías independentistas, fue desterrado de Manila por orden del Capitán General y sufrió cuatro años de estricto confinamiento. Pese a la injusticia de que era objeto, rehusó encabezar el movimiento revolucionario que se gestaba entre la población indígena. Su instrumento de lucha era la pluma, no el recurso a las armas. En 1896 aceptó ser enviado como médico al Cuerpo Sanitario que combatía los estragos del cólera en los desdichados reclutas enviados a luchar como carne de cañón contra los insurgentes cubanos.

Durante la larga travesía de Manila a España, al producirse la previsible insurrección del Archipiélago, fue detenido a bordo y encerrado en el castillo de Montjüic a su llegada a Barcelona. De allí fue devuelto a su tierra nativa y condenado a muerte por un tribunal militar en cuanto “alma viva de la insurrección” y “traidor a España”. El 30 de diciembre Rizal fue fusilado por sentencia del Consejo de Guerra en medio de insultos al felón y vítores a la Madre Patria. Como había escrito unos años antes, “sólo se muere una vez y si no se muere bien, se pierde una ocasión que ya no se presentará una vez más”.

Novela comprometida, diríamos hoy, por su clara denuncia de la opresión, sería muy injusto no obstante encasillar a Noli me tangere en tan reductivo apartado. Rizal muestra un buen conocimiento de las técnicas narrativas que lo distingue de los panfletarios al uso. Los personajes de Ibarra (un alter ego del autor), del capitán Taigo o de la supersticiosa o desdichada Sisa, no desmerecen de los trazados por Galdós. La pintura de la corrupción reinante, crueldad de la guardia civil, incompetencia de la administración e indolencia de sus asalariados (“todo un mundo de parásitos, moscas o colados que Dios creó en su infinita bondad y tan cariñosamente multiplica en Manila”) son tratados con incisivo humor. Su ironía sobre la piedad crédula de sus compatriotas, menos preocupados por el Altísimo que por su cortejo de santos y santas (Dios para ellos, dice, es “como esos pobres reyes que se rodean de favoritos y favoritas, y el pueblo sólo hace la corte a éstos”), y acerca de la explotación de los milagros de una cohorte de Vírgenes gracias a los cuales, los curas, ya bien forrados, se van a América y allí se casan, hubieran inflamado la santa ira de Menéndez Pelayo.

El novelista capta con buen oído las conversaciones anodinas de quienes viven de las migajas del poder colonial; describe con fineza las fiestas en las que “los jóvenes abrían la boca para contener un bostezo, pero la tapaban al instante con sus abanicos”; reproduce las hilarantes disquisiciones sobre el Purgatorio y los años que ahorraban a quienes allí se tuestan el simple pago de unas monedas y el rezo de un Ave María.

El manejo de algunas técnicas novelescas heredadas de Cervantes aliña con gracia el chato realismo decimonónico. Rizal se dirige a veces al lector —”¡oh tú que me lees, amigo o enemigo!”— e introduce elementos discursivos que parecen inspirados por Diderot o Sterne. Celebrado como un héroe, pero no como un escritor por quienes sacrificó la vida es, como dije, un perfecto desconocido en la península. La cuidadosa edición de la excelente Biblioteca Ayacucho venezolana de la que pude procurarme un ejemplar en mi reciente viaje a Caracas debería ser republicada en España como homenaje a un autor despiadadamente barrido a los márgenes de nuestro intangible canon, pero vivo y bien vivo, como advirtió Unamuno, y podrá verificar hoy quien se asome venturosamente a sus páginas.

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