Columnistas

Nombrar a los culpables

El objeto de este movimiento es el poder, no para arrebatarlo a los hombres, sino para buscar el equilibrio.

La Razón (Edición Impresa) / Alana Moceri

09:21 / 21 de enero de 2018

En 1975 se produjo un momento importante, cuando Lin Farley acuñó el término acoso sexual para describir lo que las mujeres sufrían a manos de tantos hombres compañeros de trabajo. En aquel tiempo yo tenía siete años y no sabía nada de feminismo, pero correteaba vestida con una camiseta que decía “Women’s lib” (acrónimo del “Movimiento de Liberación de la Mujer”). Para mí, aquello era una obviedad, y el futuro me ofrecía las mismas posibilidades que a cualquier chico.

Hubo otro momento en 1991, cuando Anita Hill testificó en el Senado de EEUU sobre el acoso sexual que había sufrido a manos del candidato al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Yo acababa de terminar la carrera en la Universidad de California (UCLA) y trabajaba en una agencia de publicidad en la que apenas se hablaba de otra cosa. Despertó mi feminismo ver a un comité de senadores, todos hombres, que ponía en duda la credibilidad y los motivos de Hill y acabó aprobando la designación de Thomas sin pestañear. La indignación suscitada empujó a más mujeres a presentar sus candidaturas a cargos públicos, hasta el punto de que, tras las elecciones de 1992, el porcentaje de mujeres en el Congreso estadounidense pasó del 6% al 10%.

El tercer momento ha llegado ahora, en 2017. Sí, 26 años después. Esta vez viene acompañado de su propio hashtag, #MeToo, con ecos mundiales y la designación de “personaje del año” de la revista Time. La ira y la frustración han vuelto a ser el motor. Un hombre que presume de acosar sexualmente a mujeres (y que recientemente ha apoyado la candidatura al Congreso estadounidense de un individuo que había abusado de menores) ocupa la Casa Blanca tras haber derrotado a la primera mujer candidata de un gran partido político.

La dimensión que ha adquirido la campaña de #MeToo nos recuerda lo extendidos que están los abusos sexuales, pero lo importante es que las mujeres están dando un paso al frente y señalando con el dedo. Unos hombres famosos y poderosos que han tenido un comportamiento despreciable están, por fin, sufriendo las consecuencias. Y eso lo cambia todo. No necesitamos más campañas de concienciación, sino contar nuestras historias. Por eso ha estallado #MeToo.

Decir los nombres de los culpables hace que #MeToo deje de ser una crítica general contra todos los hombres para ser específica y dirigida a los depredadores sexuales. Días atrás The New York Times publicó una lista de hombres conocidos que han caído en desgracia. Por ahora hay ya 42 nombres de personajes provenientes de sectores como los medios de comunicación, la tecnología y la política. No se sabe aún qué consecuencias legales habrá, pero las culturales, la presión social que ha obligado a despidos y dimisiones son asombrosas.

Cada vez que unas mujeres nombran a los culpables, surgen otras que ratifican sus denuncias, y la unión hace la fuerza. Hasta ahora, lo normal era que a las mujeres que se atrevían a hablar, como las que acusaron al Presidente de acoso sexual durante la campaña electoral, se les dieran excusas como “es lenguaje de vestuario” y “los chicos siempre serán chicos”, para no hablar del viejo recurso de decir que ellas eran unas putas.

El objeto de este movimiento es el poder, no para arrebatárselo a los hombres y dejarlos a merced de las mujeres, sino para buscar el equilibrio. Tenemos la oportunidad de hacer cambios reales que beneficien a las mujeres y a los hombres que han sufrido acoso o abusos sexuales por parte de alguien poderoso. ¿Podemos estar todos de acuerdo en que el comportamiento sexual indebido en el lugar de trabajo está mal? Según las últimas encuestas de EEUU, sí; la gran mayoría de los encuestados (el 87%) cree que “es fundamental una política de tolerancia cero para que cambien las cosas en nuestra sociedad”.

Esta transformación cultural, además, puede crear una reacción en cadena que derribe algunas de las barreras sociales más tenaces, como la brecha salarial de género y la falta de mujeres en puestos de poder. Las economistas Joni Hersch, de la Universidad de Vanderbilt; y Elise Gould, del Economic Policy Institute, han estudiado los efectos del acoso sexual en la brecha salarial. Aunque sus conclusiones sobre las causas difieren ligeramente, sí están de acuerdo en una cosa: el acoso sexual obliga a las mujeres que no están dispuestas a aguantarlo a aceptar puestos de trabajo peor remunerados.

Es analista de Relaciones Internacionales, escritora y profesora en la Universidad Europea.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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