Columnistas

‘Nostalgia’

La cinta se centra en la nostalgia que asalta al poeta respecto de un pasado que tiene  que ver con el hogar rural

La Razón Digital / Ana Rebeca Prada / La Paz

00:02 / 21 de noviembre de 2012

Así titula una de las películas más bellas de Andrei Tarkovsky. La filmó en Italia, en 1983. La trama nos presenta al poeta Gortchakov, quien realiza una investigación sobre un artista ruso del pasado, Sosnovski, acompañado por la bella Eugenia, guía y traductora. Pero la cinta, en lugar de enfocarse en tal investigación, se concentra en el encuentro con Domenico y en el proceso de nostalgia que asalta al poeta respecto de un pasado cuyas imágenes, en el sueño y en la vigilia, tienen que ver con el hogar rural durante la niñez.

El poeta viaja detrás de las huellas de Sosnovski, y en medio de estos viajes aparece Domenico, un “loco” marcado por una extraña historia: la de haberse encerrado durante siete años en su casa, junto a su familia, resguardándose del mundo. Ha perdido esa familia y ahora vive solo. Gortchakov logra con cierta dificultad entrar en contacto con él. Inmediatamente, el poeta conecta con la voz y la visión del loco.

Pero no se puede hablar de esta película estrictamente desde el punto de vista de la trama, pues está armada a partir de un registro poético que precisamente tiene que ver con el entrehilado de las imágenes de la nostalgia, las imágenes que hacen a las conversaciones del poeta con Eugenia, con Domenico, con otros personajes. El agua tiene una presencia central en ese registro poético: afuera llueve, siempre hay lagos o lagunas, neblina; pero lo más notable son las diversas escenas donde gotea profusamente en interiores y donde hay concentraciones de agua adentro, en edificaciones o ámbitos derruidos, abandonados... Estas escenas fusionan el elemento onírico con el fantástico y sin embargo no dejan de tener un carácter muy real, muy tangible.

Domenico, hacia el final de la película, es parte de una manifestación en una plaza, a la que han acudido locos, vagabundos, y en la que toma la palabra para reclamarle al mundo el desvío horroroso que ha sufrido la sociedad de los hombres. La nostalgia también aparece en este discurso, en sentido de que el hombre habría perdido la fe, la oportunidad de un mundo de solidaridad y de una sociedad justa, feliz. Habría que volver atrás, dice Domenico, y recuperar eso perdido. Ayudado por un grupo de orates que miran y oyen ensimismados sus gestos y palabras, encaramado como está en una plataforma armada en una estatua ecuestre, se echa gasolina encima y se prende fuego.

Gortchakov, mientras tanto, cumple con un pedido que le hiciera Domenico: cruzar una antigua piscina de aguas térmicas (otra vez, el agua) con una vela encendida, claramente vinculada al tema de la fe. Tal vez se trate de una de las escenas más bellas jamás filmadas en el cine, por todo lo que dice de la poesía y del poeta, de su forma de acompañar (intentar acompañar) el proceso de recuperación de lo ya perdido, en un gesto de precariedad y a la vez de grandeza profunda.

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