Columnistas

Nostalgia

En mis tiempos las fiestas de fin de año eran más humanas,  más compartidas    y más sentidas

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:31 / 24 de diciembre de 2013

Es latoso escuchar a un viejo repetir esa cháchara de: “en mis tiempos...”, pero debo hacerlo asumiendo todos los riesgos y, más aún, lo pongo en blanco y negro: “en mis tiempos las fiestas de fin de año eran mejores porque eran más humanas, más compartidas y más sentidas”.

Por razones académicas estuve en la ciudad de Potosí y me entraron unas nostalgias enormes por esas ciudades que aún conservan la escala humana y renuevan sus ritos urbanos convocando a los ciudadanos, como a una gran familia, para compartir en actos colectivos de encuentro y socialización, casi siempre en su plaza mayor. Para empezar, les cuento que la capital potosina tiene su plaza, sus instituciones públicas y los alrededores (como el famoso Boulevard) engalanados con tal profusión de luces y adornos navideños que nos ponen a los paceños en penumbras. Han transformado la imagen nocturna de su centro en un evento navideño que enciende los imaginarios, tan paradójicos, de las fiestas de fin de año.

Este alarde lumínico está acompañado por una programación de presentaciones urbanas, o si se quiere, de un intenso teatro callejero, con encuentros de villancicos (donde destacan los grupos del barrio de San Pedro) y adoraciones al Niño, con un reñido concurso de pesebres, otro de picana potosina; rematados por un desafío almibarado con la degustación de chocolate con buñuelos.  Ergo: la ciudadanía en pleno sale a compartir, como en una gran familia, la indispensable catarsis colectiva que nos brinda el roce humano y desinteresado que aún subsiste en las ciudades con escala humana. Por suerte allá no tienen ese afán por la globalización y demás vainas.

Hace pocas noches, mientras iba a una exposición de fotografía en el centro paceño, comentaba con alguien que la decoración con foquitos navideños de nuestro paseo de El Prado no tenía la gracia y el empeño de antes. Ahora cuelgan, lánguidos y tristones, unos cuantos focos en algunos árboles, y la vía central está miserablemente cubierta de luces: una de-  sidia palpable en la ornamentación urbana. Algunas instituciones tienen iluminaciones y decoraciones aceptables (paradójicamente en la plaza Murillo la cosmovisión andina se engalana con árboles nórdicos), pero el conjunto no convoca a ese paseo urbano, a esa indispensable catarsis colectiva. Y ahí empezó el viejo y la cháchara: que los villancicos ya no existen, que no se adora al Niño, que todo es plata y compras, que la televisión nos refriega el consumismo implacable, que no se convoca a la familia urbana, etcétera, etcétera.

Pero prefiero dejar, por un momento, al Enredoncio que llevo dentro para desearles parabienes para nuestra ciudad en este 2014 y que las elecciones (y sus secuelas) nos sean leves.

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