Columnistas

Nostalgias en tiempo de Alasitas

Esta impronta nos enseñó que las temporalidades dependen del sentido de los mitos.

La Razón (Edición Impresa) / Adalid Contreras Baspineiro

00:13 / 27 de enero de 2017

Nuestra aspiración, como la de todo el mundo, era estar presentes para la bendición de nuestras miniaturas a las 12 del mediodía en punto en la Plaza Murillo, centro principal de las celebraciones. Pero como no siempre, o más bien casi nunca, podíamos abrirnos paso en la multitud que esperaba ansiosa las campanadas de la Catedral, aprendimos a valorar los sitios alternativos de la expansión de la festividad en otros barrios, también atestados de gente, y de fe. En un recuadro mágico, junto con las campanadas, de repente el cielo se inundaba de humo y de los aromas del incienso y la koa, característicos de las bendiciones celebradas por los yatiris para armonizarnos con la Pachamama y el cosmos. En una irrepetible pintura multicolor, el paisaje resaltaba la cotidianeidad construida en la combinación intercultural de la ciudad de La Paz con su raíz original, Chuquiago Marka.

Esta impronta nos enseñó que las territorialidades se funcionalizan a la devoción y a la esperanza que se expresan en rituales allí donde se instalan las creencias. También aprendimos que las temporalidades dependen del sentido de los mitos. Me explico: la fecha institucionalizada y universalizada es la de la tradición paceña, desde que un 24 de enero de 1783 don Sebastián Segurola la instaurara en homenaje al pequeño ídolo que Isidro Choquehuanca esculpió para su amada Paulita Tintaya y que, cuentan las crónicas, les abasteció de comida el tiempo que duró el cerco de Túpac Katari. No se necesita conocer este pasaje histórico para asumir a las Alasitas con el mismo sentido fervoroso de su celebración en el sur de Bolivia, cada 26 de julio, coincidiendo con la fiesta de Santa Anita. Tampoco son decisivas las fechas para una devoción con rasgos del multifacético sentido de la alasiña (comprar para sí), alarapiña (comprar algo para alguien o comprárselo) y chhalaqa (intercambiar), que ya antes de la llegada de los españoles nuestros pueblos originarios celebraban a sus illas en los solsticios de verano.

En la distancia, volver al mito de las ilusiones y acomodar en él el rito de las bendiciones nos sirve de consuelo dado que, sin estar físicamente presentes disfrutando del tiempo-espacio de la fiesta de la buena fortuna y del bienestar material y espiritual, lo celebraremos tejiendo en nuestros imaginarios realidades virtuales que se materializan en la añoranza.

Este año ch’allaremos pesos y dólares emitidos por el Banco de la Fortuna con los que pediremos estabilidad para nuestras familias y para fortalecer la transformación de la matriz productiva; boletos de avión para que aterricemos en la patria y los viajes sean seguros; gallos y gallinas para que el amor sea la base de convivencia en nuestro país y en sus relaciones integracionistas con otros; minicasitas para que se universalicen los servicios básicos y no falte agua; un miniejemplar de la Constitución para que sea siempre nuestra guía camino a la vida buena en plenitud y armonía; un trencito para que Bolivia sea el articulador continental del Atlántico con el Pacífico y del sur con el norte; canastas de alimentos para que no falte la comida y consolidemos al país como eje de la soberanía alimentaria; y un barquito que consagre nuestra demanda de salida soberana al mar como un derecho justo e irrenunciable.En la distancia, celebraremos las Alasitas asumiendo sus no-tiempos desterritorializados devolviéndole vida a nuestro Ekeko, a quien daremos de fumar un tabaco, renovaremos su collar de hojas de coca y agregaremos nuevos objetos a su ya pesado cargamento, que contiene en miniatura acumulaciones pluriculturales de nuestras gigantescas ilusiones.

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