Columnistas

Noviembre en la memoria

Existen muchas maneras de celebrar la muerte. Los mexicanos son la vanguardia mundial

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga / La Paz

00:00 / 30 de octubre de 2016

Víspera de noviembre, mes del Día de Difuntos, de los muertos del recuerdo, de la veneración tradicional y de la ofrenda anual, mezcla de religión y religiosidad. Aquellas costumbres que en Cochabamba recuperó, con una dedicación insuperable, nuestro amigo Wilfredo Camacho, gestor de Ñawpa manka mikhuna (Comida de los abuelos). Él dejó de existir hace unos meses para seguir existiendo en uno de esos bosques en los caminos a Tarata. De él nos acordamos, y de su sonrisa cálida cruzando “el pasaje de diablo”, el mítico Kullku.

Los muertos que siempre recordamos son las víctimas del sangriento golpe de Estado en noviembre de 1979, aquellos que ofrendaron sus vidas para que viva la democracia. Hoy sufrimos otras muertes, porque es el tiempo atroz del feminicidio, las mujeres como víctimas por su condición de género develando la inequidad en la sociedad.

En noviembre el pasado persiste como veneración en las tradiciones, a pesar del “jalouin”, que pretende suplantar las calaveras con monstruos de plástico. Pero a la muerte no hay que enfrentarla con sarcasmo ni juego facilón, debemos encararla/recordarla sin dolor, a la muerte sin bajón; y hasta con amor. Como canta Joaquín Sabina diciendo: “Y morirme contigo si te matas/ y matarme contigo si te mueres/porque el amor cuando no muere, mata/porque amores que matan nunca mueren”.  No me gusta hablar ni escribir sobre los muertos, ni de los míos ni de los nuestros, y mucho menos sobre doña muerte. Excepto en broma o con cierta ironía, aunque sin la resignación mexicana de aquella canción ranchera: “Si me he morir mañana, que me maten de una vez”.

Existen muchas formas de enfrentar a la muerte. En los tiempos del terror de la gloriosa Revolución Francesa, cuando el lacónico Robespierre mandaba a punta de guillotina, un intelectual fue sentenciado para ser ejecutado un día de aquellos. Esa mañana, el condenado por traidor se dirigió al cadalso a paso lento y la mirada fija en la página del libro abierto que había empezado a leer hacía ya varias noches. Se detuvo frente a su verdugo, quien con un gesto pareció decir que dejara de leer y que a otra cosa, desgraciado. El condenado humedeció la punta de su dedo índice y dobló la última página que habían recorrido sus ojos para saber dónde había quedado su lectura para el momento de un imposible retorno. Depositó el libro a un lado de la guillotina con aire de desaliento. Escuchó un redoble de tambor y cuando apoyó la cabeza en la madera —!zas!— la afilada cuchilla hizo el resto. No sabemos cuándo volvió a abrir su libro en la página doblada para retomar su hábito de lectura interrumpido por un hecho intrascendente.

Existen muchas maneras de celebrar la muerte. Los mexicanos son la vanguardia mundial, y así se expresa en la narrativa de Juan Rulfo y en los grabados de José Guadalupe Posadas y, también, en las calaveritas de dulce que disfrutan los niños en el Día de Difuntos celebrando su celebración mientras consumen la golosina que lleva su nombre grabado en la frente. Existen muchas maneras de jugar con ella. Así, José Santos Vargas escribió en su memorable Diario de un comandante de la Independencia Americana: “moriremos si somos zonzos”. Existen muchas maneras de irse de la vida y quedarse sin la muerte. Poco antes de fallecer, el cineasta Luis Buñuel redactó su testamento dejando toda “su fortuna” a Rockefeller y confesó a un cura por los pecados y herejías que había cometido contra... la Iglesia. Cerca nuestro, Jaime Saenz recordaba siempre aquella frase inscrita en la estatua de Cristóbal Colón plantada en El Prado paceño: “vivir no es necesario, navegar es necesario”, antes de sumergirnos en los laberintos de su narrativa que trasunta el más allá y el más acá.

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