Columnistas

Nueva gente, viejos sueños

A los jóvenes les haría bien ampliar sus intereses,  involucrarse en emprendimientos

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:18 / 12 de diciembre de 2012

Son las tres de la tarde y usted está sola, caminando por un populoso barrio, con una bolsa de mercado en la mano. Cerca de la esquina ve venir a un joven con pinta de rockero punk posmoderno, con el que está a punto de cruzarse: chamarra de cuero, larga melena negra con mechones anaranjados sostenida hacia arriba por el abundante gel, pulseras claveteadas, collar de perro, ganchos en las orejas y aretes en la nariz y quién sabe en qué otras partes de su cuerpo. Usted: a) cruza a otra acera, b) se para y agarra con fuerza su cartera c) pasa de largo o d) entra al negocio más cercano.

Este test no tiene respuestas correctas e incorrectas. Todas las personas tenemos prejuicios y los expresamos de diversa manera en distintos momentos de nuestra vida cotidiana, y probablemente la juventud sea una de las principales víctimas de pensamientos y comentarios prejuiciosos.

Por ejemplo, mucha gente cree que los jóvenes de la ciudad de El Alto en La Paz, los de la zona sur en Cochabamba y los de Villa Primero de Mayo en Santa Cruz tocan música folklórica, que la mayoría no trabaja y que probablemente sean, o estén en camino a ser pandilleros. Mientras que la realidad dice que hacen rock pesado, trabajan en emprendimientos familiares y son las principales víctimas de la violencia.

He escuchado decir muchas veces a gente de mi generación, quienes fuimos jóvenes hace treinta años al menos, que las y los jóvenes son individualistas, egoístas, consumistas, materialistas, superficiales, hedonistas... y varios “istas” más. Por contraposición, nuestro pasado nos parece heroico y comprometido, peleábamos (tampoco todos, en verdad) por la libertad, democracia y la justicia social.

Esos juicios olvidan que las condiciones en las que vive la población de jóvenes de las tres últimas décadas cambiaron radicalmente. Aun haciendo los matices importantes en cuanto a niveles socioeconómicos, las nuevas generaciones cuentan con acceso indiscriminado a la información de y sobre el mundo, mayores márgenes de libertad individual,  sexualidad abierta, aprobación de tendencias culturales de fusión, leyes protectoras, voto a los 18 años,  más consumo, cambio en las élites, crecimiento de las ciudades y mayor oferta pública y privada de educación superior.

No todo es color de rosa, también hay un enorme desprestigio de la política, nuevos actores políticos compitiendo por las mismas plazas, mayores riesgos por inseguridad, incertidumbre sobre posibilidades de empleo formal estable y profundización de las brechas económicas. 

Mientras las tendencias del escenario se cocinan a fuego lento, la juventud, que es un estado transitorio, tiene que vivir de prisa, por eso resulta tan fácil calificarla. En todo caso, el sentido común imperante parece haberse puesto de acuerdo respecto a que el mundo se volvió más pequeño, pero los deseos más grandes. Una voracidad que amenaza a la juventud.

Por eso a los jóvenes les haría bien ampliar sus intereses,  involucrarse en emprendimientos que trasciendan sus individualidades y sus entornos autoreferidos, para ocuparse de proyectos que procuren el bienestar de otra gente y, de ese modo,  ser parte activa del universo,  siempre desafiante en sus diferencias.

Aunque muchas aspiraciones por cambiar la sociedad a través de la revolución terminaran en fracasos, las generaciones de décadas anteriores hoy tienen para contar historias y caudal de sueños más amplios que lo que ocurre alrededor del propio ombligo.

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