Columnistas

Nueva tensión internacional

Es aún más curiosa, la reacción de Israel, la nación más proestadounidense del planeta.

La Razón (Edición Impresa) / Faree Zakaria

00:19 / 20 de abril de 2014

La agresión de Rusia a Ucrania ha tenido como consecuencia, la unificación de las democracias occidentales, al menos en su firme condena de la acción. Pero, si viajamos más lejos en el tiempo, veremos una variedad de respuestas que presagian la gran tensión que emana de la vida internacional del siglo XXI: entre normas mundiales e intereses nacionales.

Consideremos la respuesta de India, la democracia más populosa del mundo. Nueva Delhi se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo en los eventos de febrero y marzo, rehusándose a apoyar cualquier sanción en contra de Rusia, y su asesor de seguridad nacional declaró que Rusia poseía intereses “legítimos” en Ucrania. Consecuentemente, Vladímir Putin telefoneó al Primer Ministro de India para agradecerle.

La reacción de India puede explicarse por los fuertes vínculos con Rusia. Desde 2009 hasta el año 2013, el 38% de las armas principales fueron exportadas de Rusia a India más que a cualquier otro país (y más del triple al segundo país, China, con un doce por ciento). Y el 75% de las armas principales importadas a la India provinieron de Rusia (solamente el 7 por ciento provenientes de los Estados Unidos). En el mismo período, Rusia entregó a India un portaaviones y un submarino nuclear, el único en el mundo que se exportó en esos años.

Además, mientras que Estados Unidos retira tropas de Afganistán, India sabe que Pakistán intentará llenar el vacío, utilizando como sustitutivo a los talibanes y a otros grupos que participan frecuentemente en actividades terroristas hacia los ciudadanos hindúes. Históricamente, en este gran juego en el noroeste de Asia, Rusia se ha aliado con India, mientras China (y Estados Unidos) lo han hecho con Pakistán. Hoy en día esto ha cambiado. Estados Unidos es el enemigo jurado de los talibanes, y ha coincidido repetidamente con Pakistán en lo concerniente a estas cuestiones de terrorismo. Pero, las antiguas costumbres no se erradican fácilmente.

Es aún más curiosa, la reacción de Israel, la nación más proestadounidense del planeta. El país, que siempre tendió a apoyar casi todas las iniciativas de la política exterior de Estados Unidos, ha resuelto no hacerlo en esta temática. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, fue inusualmente cauteloso: “Espero que la cuestión ucraniana se resuelva rápida y amigablemente, pues poseo suficientes temas para resolver”.

Avigdor Lieberman, ministro de exteriores fue más explícito al posicionar a Estados Unidos y a Rusia en igualdad de condiciones. “Tenemos una buena relación de confianza con Estados Unidos y Rusia, y nuestra experiencia ha sido muy positiva con ambos. Por lo tanto, no comprendo la idea de que Israel deba quedarse atascada con esto”, dijo.

Los oficiales israelíes explican en privado que no desean alejarse de Rusia dado que necesitan a Moscú para tratar la miríada de amenazas, principalmente en Irán, pero también aquellas que emanan de la guerra civil en Siria. También hay algunos que creen que Israel puede forjar una relación especial con Moscú, alimentada por el lazo entre los cientos de miles de judíos rusos que inmigraron a Israel y han obtenido poder político allí.

Lieberman alardeó esta semana en Brooklyn, Nueva York, de que en un futuro cercano el primer ministro de Israel será de habla rusa. (Cuando Lieberman se reúne con Putin o el ministro de relaciones exteriores, Sergei Lavrov, hablan en ruso, que en efecto, es la lengua materna de Lieberman).

Tal vez resulte menos sorprendente que China, también estaba poco dispuesta a condenar o sancionar a Rusia. Pero su posición presenta matices, ya que se niega a respaldar en modo alguno las acciones de Rusia y resalta su apoyo a la “independencia, soberanía e integridad territorial” de Ucrania.

Uno podría argumentar, que en todos los tres casos, los países están malinterpretando lo que concierne actualmente a sus intereses nacionales. China comparte una amplia frontera con Rusia y no debería querer apoyar a Moscú en esfuerzos para “ajustar” sus fronteras por medio de la fuerza. Sería tonto de parte de Israel comprometer sus relaciones con su aliado más cercano, Estados Unidos, por fracasos de una alianza con Moscú.

El hecho de que Lieberman hable el idioma ruso no ha detenido a Moscú de embarcar armas a Irán, Siria y Hezbollah (a través de Siria). India, por su parte, debería forjar una más fuerte relación con Washington, dado que confronta a una emergente China en su región.

Pero, más allá de estas reducidas consideraciones, existe una mucho más importante. ¿Quieren estas naciones vivir en un mundo regido enteramente por la interacción de intereses nacionales? Desde 1945, ha habido crecientes esfuerzos por poner en vigor normas globales más amplias, por ejemplo, contra la anexión de territorios por medio de la fuerza. Estos esfuerzos, no han sido siempre valorados debidamente, pero, comparado con el pasado, ellos han ayudado a darle forma a un mundo más pacífico y próspero. Dentro de la próxima década o para esa fecha, dependiendo de cómo los nuevos países con poderío en ascenso se comporten, estas normas serán fortalecidas o disminuidas. Y esto precisamente, significará la diferencia entre la guerra y la paz en el presente siglo XXI.

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