Columnistas

Nuevas inquisiciones

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:00 / 06 de septiembre de 2018

El anuncio de una inédita Ley de la Mentira y los problemas que implicaría (políticos, filosóficos y penales) me ha hecho pensar, muy arbitrariamente por cierto, en el doble sentido de una vieja y terrible palabra: inquisición. Por una parte, la inquisición supone la inquebrantable búsqueda de la Verdad (en este caso con mayúscula) en torno a los enigmas del universo: el misterio del tiempo, la eternidad, el infinito, la redención y otros arcanos; ejercicio que realizó brillantemente Jorge Luis Borges en ese pequeño pero extraordinario libro titulado Otras inquisiciones.

No hablamos aquí de difamación, injuria o calumnia; delitos ya identificados por nuestro Código Penal, sino de categorías solemnes y absolutas: la verdad y su doble, la mentira. La misteriosa propuesta del presidente Morales plantea inesperados problemas filosóficos: ¿qué es la verdad en la esfera pública? ¿Existe la Verdad con mayúscula o existen verdades? ¿Cómo identificarla de modos inequívocos y cuáles son sus evidencias? ¿Las ideologías políticas son mentiras?

Inquisición connota también el aparato estatal y religioso encargado de establecer la mentira y restituir la Verdad. Me refiero al tenebroso tribunal eclesiástico que inquiría y castigaba los delitos contra la fe. Aquí se presenta un gran problema: la verdad solo puede ser determinada por un grupo de personas autorizadas por el poder público para llevar a cabo un proceso jurídico. Me pregunto quiénes serán esas personas: ¿Un tribunal penal? ¿Un comité de científicos o de autoridades tradicionales? ¿El gabinete de ministros? ¿Un grupo de religiosos o de ideólogos? Solo tengo al respecto una certeza: ese grupo de personas estará completamente persuadido de la existencia de una Verdad absoluta, será un grupo de iniciados y de místicos.

Tengo una genuina curiosidad por conocer las disposiciones de la mentada ley, sobre todo la tipificación del delito de la mentira. No será fácil, porque la mentira y la verdad se mezclan constantemente. A menudo la verdad, como decía Lacan, tiene la estructura de la ficción; pero además la ausencia de verdad no involucra necesariamente una mentira.

Yo creo que no es deseable ni posible prohibir la mentira: no solo porque pondría en serios problemas a los jueces encargados de determinar la Verdad. Además, el derecho de la gente a hablar de cosas que no entiende quedaría vulnerado: ¿cómo podría prohibirse la estupidez?

Olvidé el tercer sentido que el diccionario de la RAE otorga a la palabra inquisición, dice: “Cárcel destinada a los reos pertenecientes al antiguo tribunal eclesiástico”. ¿Es mera ficción decir que el castigo de prisión por delitos de mentira necesitará una inmensa torre custodiada por un guardián de la Verdad?

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