Columnistas

Nuevo año, ¿imaginario o mito?

El sentido del nuevo año tiene un gran valor simbólico para las personas y se extiende a las ciudades

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

02:21 / 07 de enero de 2016

Si hace algunos días vimos cómo se festejaron las fiestas navideñas y el Año Nuevo, hoy parece oportuno hacer algunos comentarios al respecto, sin olvidar lo que conllevan esas celebraciones en cualquier parte del mundo. Es evidente que los últimos días del año nos llevan a reflexionar qué es lo que deseamos ejecutar en la nueva gestión y, lo mejor, nos motiva a imaginar cuántos cambios quisiéramos que se produzcan en nuestras vidas. Energía positiva que se refleja en esperanzas y que puede convertirse hasta en imaginarios y, por qué no decirlo, transformarse en objetivos concretos y de gran significación para el quehacer futuro.

De esa manera, el sentido del nuevo año es de gran valor y se extiende a las ciudades, las cuales, además de la algarabía que presentan, han sabido utilizar bien ese festejo en los últimos años, para convertirlo en una especie de mito de esperanza. Todo esto ha llevado a exigir a los constructores de las urbes a preocuparse no solo en crear programas festivos, sino también en embellecer las ciudades, porque con ello se busca que sus habitantes se apropien de éstas. Así, ese acontecimiento notable que es la fiesta de Año Nuevo presenta una ciudad embellecida por espectáculos pirotécnicos, el encendido de luces en arreglos navideños y el funcionamiento de las fuentes de agua, entre otros. Todo como un hecho simbólico anual.

Nueva York, Berlín, Londres son capitales y sedes de gobierno que se empeñan en mostrarse como vendedores de ilusiones, lo que no es casual, ya que dichas metrópolis saben comprender que aquello genera grandes ingresos económicos. Esto porque atraen a un turismo curioso de novedades, que encuentra además del festejo tradicional otras actividades, por ejemplo maratones en Central Park en las que se exige que los participantes se presenten disfrazados e inicien el año corriendo en busca del 2016; o  carreras nocturnas de bicicletas. Además, el promover actividades para recibir el nuevo año no solo significa  beneficios sociales para una urbe, sino también económicos para la inversión en nuevas obras.

La Paz es una urbe que poco invierte en las fiestas de fin de año. Si bien es destacable el armado de árboles de Navidad con material reciclable, los resultados, salvo excepciones, parecen no motivar al ciudadano a interesarse en salir a conocerlos o visitarlos. Asimismo, el ahorro de energía no debería negar a la población que disfrute visualmente de los juegos de luces durante la semana que se festejan esos dos acontecimientos, ya que, contrariamente, se fomenta la venta callejera de productos navideños y otros que implican un mayor gasto de electricidad.

De esta forma se dejará de pensar que la ciudad solo se preocupa y esmera para la fiesta del Gran Poder, sino que también lo hace para la Navidad, cuando la población busca respuesta a ese mito de esperanzas, por ejemplo con actividades en plazas y áreas abiertas en las que quizá pueda sentarse a tomar una taza de chocolate caliente escuchando coros infantiles o villancicos. Como es de esperar, estos actos alimentarían el sentimiento espiritual que produce esa fiesta.

Parece real, en cuanto a 2016, que las esperanzas son capaces de transformarse en imaginarios, también relacionados con la ciudad que queremos tener. Esto sin olvidar que una ciudad maravilla debiera ser el gran motivo para preocuparnos en programar e imaginar creativamente un festejo para presentar a la población las nuevas sensaciones que trae el nuevo tiempo, el Año Nuevo.

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