Columnistas

Nuevo comienzo

A medida que han ido transcurriendo los años me veo más semejante al conejo que al gato

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado

01:15 / 06 de enero de 2016

El 31 de diciembre o, quizá, el 1 de enero, dependiendo cómo fue el festejo de Año Nuevo, en lugar de hacer un balance del pasado año o delinear planes para el que comienza, como lo hacen los administradores a través de sus análisis FODA, sus planes estratégicos, sus POA, sus presupuestos y toda una suerte de cosas más aburridas que chupar un clavo, lo que hago es volver a leer Alicia en el país de las maravillas, para recordarme, porque tiendo a olvidarme, que alguna vez fui niño, aunque usted no lo crea. Pasar a través del espejo para caminar, de la mano de Lewis Carroll, junto a la mágica Alicia que ha logrado vencer al tiempo y que siempre que la encuentro tiene diez años.

Cada vez que reingreso a ese país que se encuentra al otro lado del espejo trato de identificarme con el gato de Cheshire, el minino científico que es incapaz de decirnos a dónde debemos ir, pero que puede enseñarnos cómo debemos llegar, que al desaparecer y dejarnos su sonrisa nos proporciona el mejor método de enseñanza de la matemática. A pesar de mi deseo y mis esfuerzos por parecerme al gato, a medida que han ido transcurriendo los años me veo más semejante al conejo que al gato, tremendamente obsesionado con el paso del tiempo, sacando a cada instante el reloj de su chaleco para saber si todavía le queda tiempo para lograr lo que se propuso.

Aunque el tiempo es un enemigo que se hace más fuerte en tanto nosotros nos hacemos más débiles, el peor enemigo de Alicia es la otra Alicia o, para ser más preciso, las otras Alicias que viven en el sueño al interior del sueño. Sin embargo, aunque pareciera que Alicia, al igual que todos nosotros, requiere de una sesión en el diván del psicoanalista para saber lidiar con ella misma, el místico grifo nos dice que no es necesario atormentarnos en un mundo donde todo es ilusión, donde la verdadera realidad está en los sueños. De allí es que le damos la razón al poeta Homero, cuando hace que el héroe troyano abra la puerta de los sueños para entrar a la vigilia.

Allí, en ese país donde todo puede ser posible, como en la realidad lo es en todo lado, puede existir también, y ciertamente existe, una reina tiránica que para evitar que sus súbditos piensen de manera distinta a sus deseos o, muy probablemente, simplemente para evitar que la gente piense, les hace cortar la cabeza. Así, cuando la despótica reina roja grita: “Córtenle la cabeza”, entiendo que es prudente abandonar el país de las maravillas y adentrarme en un nuevo sueño al interior de mi sueño para comenzar de nuevo, al final de cuentas, es año nuevo.

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