Columnistas

Nuevo mito boliviano

Debemos negar la tragedia y dejar inhabitado el miedo. Solo así aminoraremos la desesperanza

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Pablo Garnica Pantoja

00:11 / 18 de diciembre de 2015

En la mitología griega, Poros representa la disponibilidad, el recurso, la posibilidad, como quien dice, un nacido en cuna de oro. Resulta que durante la boda de Afrodita (diosa del amor), llamó a la puerta una mendiga que venía por las sobras del banquete, su nombre era Penia. Cuando logró entrar a la boda y pudo saciarse de comer y beber se propuso seducir a Poros. No le fue difícil, pues acudió a aquello a lo que Poros era más sensible: la adulación. Poros y Penia se refugiaron en el jardín huyendo de las miradas del resto de los invitados y allí copularon una y otra vez.

De su unión nació Eros, que metafóricamente viene a representar ese sentimiento de insatisfacción ante la falta del otro, amor dirán los soñadores. Eros es, pues, el hijo del recurso y la necesidad, del exceso y la pobreza; coloquialmente es aquello que une el hambre y las ganas de comer, el queso y el ratón.

En el nuevo mito boliviano presenciamos el nacimiento de un dios capaz de esconder el sol y hacer huir a la luna, un dios sin el cual no seremos capaces de ser felices y nuestras vidas no tendrán sentido. Al igual que Poros, el nuevo dios es sensible a la adulación, es más, diría que se hace más fuerte a cada halago de sus lisonjeros creyentes que vendrían a jugar el papel de Penia, la otrora mendiga que sació su hambre y se emborrachó de poder.

De la unión del nuevo dios y de sus creyentes nació el miedo, el miedo a que un día nos falte este dios, a que se acabe el mundo como lo conocemos, a que nuestros hijos no tengan esperanza, ni destino, miedo a pensar que no se trate de un dios, sino de un hombre. Pero como sucede a menudo, el miedo termina apoderándose de sus creadores, porque la revolución, que es la vida misma, termina desterrando a los que se consideran elegidos para el eterno destino del mando. Una vez que el miedo entra en los corazones de los creyentes, éstos usan todos sus recursos para atacar a la revolución y mantener la continuidad, pero la revolución que nace de la inconformidad prevalece al miedo y a los mitos.

Los bolivianos tendríamos que tener un poco más de amor propio, más fe en nosotros mismos, dejar de pensar que nuestra felicidad depende de un dios o de un hombre. No debemos permitir que se nos menosprecie. Debemos negar la tragedia y dejar inhabitado el miedo. Solo así aminoraremos la desesperanza de un destino que se cree predeterminado.

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