Columnistas

Nuevos palacios y dignidad

Hay sobradas razones para construir la Casa Grande del Pueblo y un nuevo edificio para la Asamblea

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Montaño Durán / La Paz

21:00 / 10 de mayo de 2016

Para construir la pirámide de Akapana fueron necesarias tres generaciones, tiempo en el que miles de obreros acarrearon piedras y tierra, cantearon las rocas y, dirigidos por arquitectos e ingenieros, las colocaron en su lugar, dando como resultado el magnífico edificio que fue el principal de la ciudad y que simbolizaba el centro del Pusisuyu o Estado tiwanakota.

Akapana, Kalasasaya, el Templete semisubterráneo y Pumapunku, entre otros, fueron construidos a partir del siglo II de nuestra era, cuando Tiwanaku se convirtió en un Estado organizado, que contaba con el suficiente excedente económico para sufragar los enormes edificios que permitirían congregar a multitudes en acontecimientos políticos, administrativos y militares.

Desde que surgieron los Estados, tanto en América como en todo el mundo, sus gobernantes, además de precautelar el sistema político, económico y social, se ocuparon de realizar edificios de envergadura, como fue el caso de los tiwanakotas, cuyas construcciones, pese a los siglos transcurridos, a las inclemencias y a las destrucciones realizadas durante la Colonia y la República, son hasta ahora motivo de orgullo para los bolivianos. Como dijo el arqueólogo Carlos Ponce Sanginés: “Era imposible disminuir la grandeza de aquellas piedras”.

En ese contexto, hay sobradas razones para la construcción de la Casa Grande del Pueblo y de un nuevo edificio para la Asamblea Legislativa Plurinacional, que dotarán de espacios adecuados para un funcionamiento más eficiente de los principales órganos del Estado, y que buscan responder al crecimiento de la población y a los requerimientos de la vida moderna. Las deficiencias de las oficinas en las que actualmente funcionan las cámaras de Diputados y de Senadores llegan a extremos de hacinamiento y precariedad. La falta de ambientes en los edificios llegó al extremo de que surgieran los famosos “diputados de pasillo”, ante la falta de ambientes para que cada asambleísta cuente con una oficina para realizar su trabajo.

Otro ejemplo es que algunas dependencias legislativas se encuentran en instalaciones de la Cooperativa Multiactiva Policial (Coomupol) en la calle Junín, que no es más que una casona vieja, fría e inhóspita, con un solo baño, en la que los representantes nacionales deben cumplir sus tareas y hasta en ocasiones recibir, avergonzados por las carencias, a delegaciones internacionales, ya que en esas habitaciones llegó a funcionar la sede del Parlamento Andino.

La necesidad de los nuevos edificios es indiscutible, por lo que las críticas a los mismos son básicamente de carácter político. Algunos opositores señalan que son “gastos superfluos”, mientras que otros alegan que afectarán al paisaje arquitectónico de la sede de gobierno, sin considerar que en esas calles ya hay varios edificios remodelados o nuevos, y por tanto, ninguna armonía que afectar.

Realizar estas necesarias obras requiere indudablemente de la estabilidad política y económica alcanzadas, pero además de una férrea voluntad política para romper el viejo esquema de mendicidad mental en que estuvo sumido el país, y de adquirir una mentalidad nueva, digna, de realizar proyectos importantes no solo con miras al presente, sino con vista al futuro.

Es bueno saber que la arquitectura de la Casa Grande del Pueblo responderá a un estilo neotiwanakota, porque así nos recordará nuestra grandeza de tiempos pasados y contribuirá a que vayamos superando el complejo de inferioridad adquirido durante la Colonia

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