Columnistas

La OTAN por dentro

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco *

01:21 / 03 de junio de 2017

El 4 de mayo, junto a mis 25 estudiantes de doctorado en relaciones internacionales del Centro de Estudios Diplomáticos y Estratégicos (CEDS) de París, fuimos recibidos cortésmente en el aún antiguo cuartel general de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) situado en los arrabales de Bruselas. No obstante, contemplamos desde lejos la nueva sede: una descomunal catedral de vidrio y acero, erigida al costo de 1,2 billones de dólares, en cuyos 250.000 metros cuadrados trabajan cerca de 4.500 empleados. La revisión prolija y minuciosa como medida de seguridad nos despojó de celulares y/o cualquier instrumento electrónico susceptible de provocar alguna duda razonable. Un copioso programa de conferencias magistrales, seguidas de agitados debates, colmaron la jornada, con la agradable pausa de un almuerzo ofrecido en nuestro honor en el suntuoso comedor de la entidad.

Durante los entre-platos, la simpática Carmen Romero, asistente del Secretario General, me confesó que la OTAN, en esta era convulsionada, se empeña en mostrar su verdadera imagen ante la opinión pública y no la caricatura que alimenta los corrillos políticos y las redes sociales. Para empezar, quienes toman las decisiones, siempre por consenso, son los embajadores de los 28 Estados afiliados de Europa y Norteamérica, siendo los militares únicamente el brazo ejecutor. Su mayor meta es la cooperación intercontinental en materia de seguridad y la defensa recíproca.

Cuando los esfuerzos diplomáticos se muestran insuficientes, la OTAN tiene la capacidad militar de tomar a su cargo la gestión de la crisis y desplazar operaciones para el mantenimiento de la paz. Esta organización posee pocas fuerzas permanentes. Por ello, cuando surge un problema, los Estados congregantes contribuyen a sus contingentes de modo voluntario.

Es importante anotar que uno de sus objetivos es promover las condiciones para el mundo sin armas nucleares, pero mientras éstas existan, la OTAN será una alianza nuclear. La irrupción de Donald Trump causó estupor en la organización, cuando el magnate declaró que “la OTAN era obsoleta”, y que por tanto el aporte financiero americano se reduciría, por la lógica razón de que Estados Unidos no deseaba continuar respaldando la defensa de países que estaban en condición de asumir sus propios costos.

En esa atmósfera se preparó la cumbre del 25 de mayo, fecha en que Trump edulcoró su actitud, al haber inducido a sus pares a pagar sus cuotas atrasadas y elevar sus gastos militares al 2% de sus productos internos brutos (PIB) correspondientes. Trump se fue satisfecho del compromiso de la OTAN de incorporarse a la coalición de 68 nacionalidades que combaten actualmente al Estado Islámico; así como también de actualizar sus objetivos con desafíos tales como el terrorismo, el control de la inmigración y, en un flaco tercer lugar, la alerta contra la expansión rusa.

Aunque los propósitos iniciales de su fundación no eran otros que contener el avance soviético, siguen flameando declaraciones románticas como “defender los valores comunes de la libertad individual, democracia, derechos humanos y el Estado de derecho”. En cambio, la OTAN quedó decepcionada por la renuencia del Presidente estadounidense de apoyar públicamente el artículo 5 de su carta fundacional, que estatuye que “el ataque a uno de sus miembros es un ataque a todos”.

Volviendo a nuestras discusiones académicas, llamó mi atención una obra oficial titulada Building integrity and reducing corruption in Defense (Construyendo integridad y reduciendo la corrupción en Defensa), que en 328 páginas se refiere al sector de Defensa, donde se revela que junto a la extracción de petróleo y el gas, y a la industria de la construcción, es uno de los campos más corruptos en el manejo de fondos públicos, “particularmente en Europa Central, África y América Latina”. 

Otro dato curioso es aquel que la OTAN, además de sus 28 miembros, mantiene áreas de cooperación con otras naciones a las que califica como asociadas; me asombró que en las disertaciones una y otra vez se refieran a Colombia como ejemplo de aproximación extracontinental, y se añada que su demanda de ser parte de esa organización no está aún resuelta.

* es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultra-mar de Francia.

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