Columnistas

Obama en La Habana

Los habaneros se preparan para recibir con alborozo al máximo alabardero del capitalismo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 12 de marzo de 2016

Durante las ceremonias de conmemoración por el tercer año de la muerte de Hugo Chávez, el 5 de marzo, fue elocuente la ausencia del mandatario cubano Raúl Castro para honrar la memoria de quien fuera el más estridente opositor del imperio. La razón de Estado se imponía sobre el romanticismo enternecedor pero poco rentable. Además, ese desaire al festín caraqueño era una flor más en el frondoso ramillete que los castristas se preparan para ofrecer a Barack Obama cuando éste realice su histórica visita a La Habana, pasados 55 años desde el rompimiento, en 1961, de las relaciones diplomáticas entre la mayor de las Antillas y el coloso del norte, seguido del embargo comercial que comenzó en febrero de 1962. Aunque el debate de la drástica medida languidece en el Congreso estadounidense, el abrazo del primer presidente negro con su homólogo cubano registrará, el 21 de marzo, el emblemático final de la Guerra Fría en esa parte del mundo, y dará pie al comienzo de un fructífero vínculo mercantil entre vecinos tan próximos en la cuenca del Caribe.

En efecto, empresas norteamericanas van llegando a la isla, cargadas de dólares y de iniciativas ajustadas al entorno de pobreza imperante. Por ejemplo, la firma Cleber, en su planta acabada de asentarse en la zona económica especial de Mariel, ensamblará miles de unidades de un tractor especialmente diseñado para los agricultores locales que comienzan a incorporarse a esa modalidad de los 496.000 ciudadanos apodados “cuentapropistas” (que en Bolivia serían los gremiales y afines). Por otro lado, empresarios gringos ya se han instalado con venturas comerciales adaptadas a la realidad económica, casi artesanal en algunos casos y de moderna tecnología en otros, como los emprendedores ocupados en la recarga de créditos para los teléfonos celulares; las reservas de hospedaje en línea Airbnb en casas particulares; los negociantes de vinos californianos (competidores de los equivalentes chilenos y españoles) y la omnipresente Western Union, que monopoliza el lucrativo flujo de las “remesas” provenientes del exilio cubano. A esos esfuerzos particulares debe añadirse el acuerdo suscrito el 16 de febrero por el cual se asegura un puente aéreo de 110 vuelos diarios entre los dos países, para acarrear millones de turistas norteamericanos.

Todos los emprendimientos que se narran más arriba no constituyen sino el comienzo del ingreso de Cuba en la economía social de mercado, y el abandono gradual de la utopía socialista que sencillamente —en más de medio siglo— no ha dado los resultados esperados. Tiempos de cambio, en que los habaneros se preparan para recibir con alborozo al máximo alabardero del capitalismo, limpiando las calles, pintando fachadas y ocultando anticuados cables eléctricos que enlazan los tejados.

Entretanto, me viene a la memoria un encuentro con Fidel Castro, el 11 de enero de 1996, en el Palacio del Elíseo, durante el almuerzo ofrecido por el presidente Jacques Chirac a los enviados extranjeros luego de los funerales de su antecesor, François Mitterrand. En esa ocasión, los latinoamericanos acosamos al líder cubano y debatimos con él acerca de los albores de la globalización y de la irrupción china y vietnamita en las vías del capitalismo, y cuando creímos haberlo convencido con nuestros sólidos argumentos, Fidel, usando su innegable carisma y simpatía, acariciándose la barba, ya cana, nos declaró: “Muchachos, quizá ustedes tengan razón. Pero yo soy, seré y moriré marxista-leninista”. En sorprendente terquedad gallega hoy, 20 años después, el comandante prefiere encargar a su hermano menor la ingrata tarea de virar el timón de la nave hacia aguas más propicias.

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