Columnistas

Ser Obama o no ser

Nuestro origen es común y aquellos orangutanes que se creen mejor que otros están equivocados

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:13 / 30 de noviembre de 2014

El racismo es una ideología o un comportamiento? Es una pregunta que se hacen los expertos en el tema y coinciden en que se entrelazan constantemente. Su conformación la establecen los entendidos en el siglo XVIII en el mundo occidental. Así, desde 1750 hasta 1945 se construyen las principales teorías racistas biologistas que pretendían, bajo presupuestos “científicos”, clasificar y explicar las “diferentes” razas en inferiores y superiores.

Gobineau, a mediados del siglo XIX, publicó un ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, texto que fue usado para sostener las tesis racistas, tanto  biológicas como del evolucionismo cultural, que fueron el sostén para justificar la esclavitud, el colonialismo y las desigualdades clasistas. Después de finalizada la segunda Guerra Mundial (1945), el racismo biologista cayó en descrédito, por las prácticas que durante el régimen nazi provocaron la muerte de millones de gitanos, homosexuales, españoles, polacos y judíos. Paradójicamente, estos últimos reproducen hoy en día algunas teorías para justificar sus ataques al pueblo palestino.

El monogenismo es el punto de partida de todos los seres humanos y no existe otra teoría científica que la refute; por lo tanto, nuestro origen es común y aquellos orangutanes que se creen mejor que otros están equivocados.

El nuevo racismo tiene sesgos etnicistas, estos propugnan defender la identidad cultural interna de amenazas externas que puedan provocar su desaparición. Cuando se exacerba esta posición, es una forma de racismo, como la idea de que el mestizaje es una mezcla negativa, sobre todo con la supuesta cultura superior o que la homogeneización es mejor para conformar un Estado y convertirnos en zombies consumidores. Es un cambio de perspectiva al que no somos ajenos y que se reproduce en otros lugares como en la localidad de Fergusson (Misuri), una ciudad estadounidense mayoritariamente de origen afro, donde ocurrió el asesinato, el 9 de agosto, de Michael Brown, de 18 años, a manos de un policía blanco que le disparó seis veces, pese a estar desarmado. La reciente absolución del asesino desencadenó protestas en varias ciudades norteamericanas.

En tanto, en Cleveland (Ohio) un agente ejecutó a Tamir Rice, un niño afro de 12 años que cargaba una pistola de plástico. En los años setenta y noventa, violentas protestas de los afronorteamericanos pusieron en la mesa el debate sobre la violencia racista que ahora se evidencia otra vez, después de casi dos décadas.

El primer presidente afronorteamericano Obama dijo en una entrevista sobre los sucesos: “En muchos lugares de Estados Unidos existe una profunda desconfianza entre las fuerzas de seguridad y las comunidades de color, parte de esto es el resultado de una historia de discriminación racial y es trágico porque nadie necesita más protección policial que las comunidades pobres con altos índices de criminalidad”.

En 1968, durante la presidencia de Lyndon B. Johnson, éste designó una comisión para analizar el origen de los disturbios, que no es otro que el que Obama proclamó. Es decir que el imperio que pretende dar normas de conducta sobre derechos humanos, con la capacidad para intervenir en otras latitudes a nombre de la libertad y la democracia, tiene entre sus manos un problema que no puede resolver internamente.

Obama asegura que en las últimas décadas, en Estados Unidos las relaciones interraciales han mejorado, he sido testigo de ello, dice, en mi propia vida, pero, continúa, siguen habiendo problemas y las comunidades afros no se los inventan. Hace dos años, en Miami, Trayyon Martin fue asesinado y el culpable, George Zinmerman, fue absuelto.

Obama está pasando los peores momentos de su gobierno y los que tenían esperanza de que en su gestión las condiciones de los afronorteamericanos pobres mejoren saben que no verán cumplido su deseo, y resaltan más bien que solo fue un maquillaje que tuvo, como el primer presidente afro, un acto simbólico que no pude liberarse de los intereses de las grandes transnacionales.

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