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El Obraje

El sentido alegórico no es otra cosa que el rescate de la retórica y poética de y sobre las ciudades

La Razón / Patricia Vargas

00:24 / 15 de diciembre de 2011

La historia reafirma que por la mita los indígenas del altiplano comenzaron a emigrar al sur de La Paz, donde fueron incorporados en la agricultura y la mano de obra de la gran industria de telares, llamada El Obraje, que supuestamente los jesuitas impulsaron en el siglo XVI. Fue la producción textil la que estimuló el desarrollo en la antigua La Alianza (como se llamaba oficialmente El Obraje en su inicio), que concentraba infinidad de haciendas (unidades productivas unifamiliares) llamadas entonces chacaritas.

Posteriormente, en la primera mitad del siglo XX —según expertos— fue definido el trazo urbano desde Rossasani hasta Següencoma, lo que dio inicio a la edificación de Obrajes, donde la exuberancia de algunas viviendas se contrastaba con otras más modestas.

Hoy, ese legado plural de estilos, formas, dimensiones y calidad (por ejemplo en la avenida Hernando Siles) se ha convertido —al juego de invención— en el observatorio de su proceso de evolución. Empero, en la última década, esta situación ha cambiado por la construcción acelerada de edificios que comenzaron a delinear esa vía y su entorno, mostrándonos incipientemente la imagen urbana del futuro que estará poblada por bloques en altura.

Si bien el habitar en edificios es parte del vivir y de la experiencia social actual, inevitablemente está acompañado del automóvil, que por la nueva cantidad de habitantes se irá acrecentando y con ello también los problemas ambientales como el ruido. 

La paradoja es cómo antiguamente la naturaleza fue relevante en Obrajes, mientras que hoy parecería estar reduciéndose sólo a maceteros. Esta realidad de muchas ciudades contemporáneas ha motivado a recuperar los espacios naturales al interior de las áreas urbanas. Ello como reencuentro y necesidad de toda sociedad con “el medio natural”. Lo particular es cómo ese barrio todavía conserva imágenes de otros tiempos. Es el caso de sus dos plazas principales: la Loba, que en los últimos años ha recuperado su esplendor, y la 16 de Julio, cuya simplicidad resalta por un entorno que todavía se conserva, el cual armoniza y entra en sintonía con el conjunto urbano inmediato.

Las reflexiones del presente de las urbes, algunas veces desplaza la mirada al pasado, con lo cual no se pretende buscar un modelo para compararlas. O en su caso se dirige la mirada hacia el futuro, que tampoco busca un ideal para juzgarlas. El objetivar es mostrar su verdadera dimensión.

La Paz conserva aún en algunos sitios un toque del ayer; sin embargo, está claro que los lugares con visión contemporánea son por donde hoy se debiera transitar. Cabe remarcar que el sentido alegórico no es otra cosa que el rescate de la retórica y poética de y sobre las ciudades.

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