Columnistas

Octubre, tan lejos y tan cerca

La demanda de  pluralismo competitivo era un reclamo sobre la calidad de la democracia.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 06 de julio de 2014

Hace meses, cuando las fuerzas de oposición empezaron a desplegar sus estrategias preelectorales, existían dudas —y esperanza— sobre la pertinencia de sus acciones para la forja de un sistema de partidos como escenario político pluralista y competitivo. La demanda opositora de pluralismo competitivo era un reclamo sobre la calidad de la democracia, un necesario síntoma de vitalidad exigido por los detractores del “proceso de cambio”. Las elecciones de octubre aparecían como una oportunidad para alcanzar ese objetivo, pese a que algunas voces insistían en la impugnación de la habilitación de Evo Morales como candidato, y consideraban que la democracia estaba herida de muerte (autoritarismo y despotismo, sus síntomas) y su acta de defunción era la ausencia de “Estado de derecho”.

No obstante, las fuerzas opositoras ingresaron en la lid promoviendo alianzas e invocando unidad. Así, desplegaron sus acciones los partidos de antigua data como el Movimiento Sin Miedo (1999) y Unidad Nacional (2003), o de reciente inscripción, como el Movimiento Democrático Social (MDS). El desafío era romper su aislamiento geográfico y matizar su filiación ideológica para ampliar su capacidad de convocatoria electoral. Este interés explica la creación del Frente Amplio que, inicialmente, sirvió para que el partido/candidato de UN se desplazara hacia una posición de centro-izquierda, aquella donde el MAS se siente como pez en el agua. Pero, más temprano que tarde, ese afán aparentemente ideológico se diluyó con la inclusión de otras fuerzas (como el MNR) que mostraron el predominio de una racionalidad instrumental; es decir, mero cálculo electoral. El resultado final fue la suscripción de un acuerdo entre UN y MDS que tiene rasgos de coalición electoral convencional, ajena a la redefinición estratégica que planteaba el Frente Amplio,  concebido como “institución para la democracia”. Ese planteamiento apuntaba a superar las urgencias de la coyuntura electoral, pero terminó sepultado con la disgregación del Frente Amplio. Nadie recuerda (ni sus promotores) la selección de candidato presidencial mediante una encuesta que fue presentada como expresión de “democratización”. La solución fue tradicional: acuerdo pragmático y definición cupular del binomio de Concertación Unidad Demócrata, la suma de UN y MDS.

Este acuerdo estuvo precedido del fracaso de una negociación entre MDS y MSM, que pretendieron formar una coalición con base en acuerdos programáticos a pesar de su distancia ideológica. Una apuesta sugerente que tenía posibilidades de desarrollo y afianzamiento después de la coyuntura electoral; posibilidades que reposaban en la renovación de liderazgos en ambos partidos y en un fortalecimiento incremental de su alianza hacia 2019. El desenlace ratificó el predominio de una mirada a corto plazo en las filas del MDS y el aislamiento regional (paceño) del MSM.

Con todo, la mella en el MSM es menor, porque es un partido con un lento pero constante crecimiento por penetración territorial y formación de cuadros. No obstante, primero deberá sobrevivir al desafío de competir con el MAS en un espacio (centroizquierda) ocupado por el partido de gobierno. Las otras fuerzas tienen desafíos de índole diferente. UN deberá resolver su dependencia de la figura y recursos de su jefe, Samuel Doria Medina; y el MDS deberá encontrar una fórmula institucional para, al mismo tiempo, formar una organización política que no sea un mero archipiélago de agrupaciones locales y apuntalar una alianza electoral que perdure después del 12 de octubre. Caso contrario, se limitará a preservar los espacios regionales que conquistó —como Verdes, bajo el mando de Rubén Costas— en las elecciones subnacionales de 2010.

Estos avatares son secundarios respecto a la configuración general del escenario electoral, porque se limitan las posibilidades de una recomposición del sistema de partidos que permita transitar de la (mera) competencia electoral a la (necesaria) competitividad política. Es decir, de un sistema de partido predominante a un esquema pluralista y multipartidista con posibilidades de interacción constructiva. Octubre está cerca y esa posibilidad se aleja una vez más. ¿A quién le echarán la culpa los críticos de la calidad de la democracia?

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