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Octubre

Octubre de 2003 supuso una ruptura no sólo histórica, sino también epistemológica para Bolivia

La Razón / Carlos Ernesto Ichuta Nina

01:28 / 11 de octubre de 2013

Siguiendo la visión que de la historia tienen los exponentes de la teoría crítica, Octavio Ianni plantea que el desarrollo de las sociedades estaría determinado por cambios fundamentales que en algunos casos no solamente representarían rupturas históricas,  sino también epistemológicas. Esto sucedería cuando las transformaciones sociales más a menos radicales impondrían la necesidad de redefinición o abandono de aquellas categorías e interpretaciones ampliamente aceptadas, pero que en virtud de la crisis ya no reflejarían con precisión las nuevas formas de sociabilidad y sus efectos, por lo que se impondría la necesidad de nuevos conocimientos. El octubre boliviano de 2003 tuvo esos sentidos.

Reflexionando una vez más con René Zavaleta, la crisis de octubre se reveló en ese sentido como un momento de reconocimiento de la sociedad, en el sentido histórico, y como un momento de conocimiento mediante la necesidad de nuevos saberes, en el sentido epistemológico. Pero acorde también con la idea de la sociedad abigarrada, que en la crisis de octubre se develó a través de la implosión social y la visibilidad de su carácter fragmentado, los nuevos saberes no coincidieron en una sola visión de la crisis y sus efectos.

Para la intelectualidad de clase media, octubre representó, por un lado, un momento de crisis del Estado que imponía la necesidad de un nuevo pacto social, como mecanismo de salvación de esa instancia; y por otro lado, como momento de posibilidad de cambio de la estructura del Estado, mediante el recambio de las élites. Aunque esta visión también era salvacionista del Estado, difería de la anterior por la magnificación del poder del pueblo, frente al desprecio que aquella visión mostraba hacia la capacidad movilizadora de éste.

Pero esas lecturas, que muy pronto salieron publicadas en libros, no coincidieron con otras visiones que al aparecer más tarde dieron cuenta del surgimiento de una intelectualidad poco visible hasta entonces y que se autoidentificó, en algunos casos, como indígena. Esta intelectualidad leyó además la crisis desde el lado de los movimientos sociales, según el cual lo estatal suponía un ente sujeto a (re)construcción. En estas lecturas aparecieron proyectados, además, como nuevos actores sociales aquellos determinantes de la conflictiva cotidianidad boliviana en función del factor étnico que, elevado a categoría fundamental para la comprensión de la nueva realidad, llegó a constituirse incluso en nuevo paradigma.

A ello contribuyó la reflexión de analistas extranjeros que, como viejos antropólogos, llegaron atraídos por una realidad que a sus ojos parecía tribal. Éstos sobrevaloraron así el factor étnico, convirtiendo la rebelión social en una rebelión de pututus, en insurgencia aymara y en un cosmopolitismo indígena como manifestación altermundista, con lo que el telón indigenista terminó ocultando a los sectores populares y a las clases medias que irónicamente reaparecieron más tarde como actores políticos fundamentales.

Finalmente, sobre la base del control de la historicidad que fue logrando el Movimiento Al Socialismo, como agente estatal, la lectura de la crisis fue completada por una tardía visión que se dedicó a hacer apología de la misma, para hablar de un proceso de cambio inevitable.

Bolivia plebeya, antineoliberalismo, antiglobalización, anticolonialismo, nacionalismo indígena, indigenismo de izquierda, Estado neocolonial, descolonización, refundación estatal, dos Bolivias, etc., emergieron así como nuevas categorías conceptuales referentes de la ruptura epistemológica que supuso octubre y para determinar discursivamente una nueva realidad que ocasionalmente permite fáciles entrampamientos teóricos y difíciles realizaciones prácticas.

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