Columnistas

Oda al teleférico

El teleférico induce a pensar lo que medio mundo olvida: que se sostiene en un hilo la difícil y sencilla vida

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:46 / 15 de julio de 2015

Lucidor cuando va y viene, el teleférico tiene ojos de papel volando y nos mira desde arriba con la loca perspectiva en picada hasta lo humano. Desde la Ceja de El Alto bajan, en raid expreso, trufis aéreos sujetados al gran cable de una mano, vaivén de ida y regreso de la hoyada al altiplano. El teleférico puso a la ciudad por los cielos, miroqueteando a vecinos sobre azoteas y techos, en choque con los remilgos: ay mirame y no me toques.

Sus cabinas son estancias para otear calles y montes con el Illimani al frente, radar que mide distancias con referentes de tiempo a control del horizonte. Son las líneas de bandera bien tensadas por los aires de las villas y quebradas con el impulso del Evo, el buen pulso de Dockweiler y las éticas del pueblo. Edificios desafiantes de la gravedad, casitas en las laderas caprichos de ladrillo y libertades... todo se divisa en vilo con ojos funiculares.

Mi Teleférico vuela seguro, veloz, barato. Lleva gente que saluda, concede y da buen trato, diez personas por cabina y… La Paz que en este día.  Sube y baja ese sistema con 109 cabinas, sostenidas y orientadas a 74 torres donde reinicia la vida sus trajines y problemas. Nos incita a levantar la cabeza hasta el espacio superior de la ciudad, donde flotan ideales necesarios por aireados que llamamos libertad.

Que se proyecte un atajo del misterio de Llojeta al vértigo de La Cumbre, y de ahí en línea directa al candor de Río Abajo... Caray, la utopía es lumbre. Que se conecten las torres cableadas por los amores que se separan por nada, que van en bajada y suben desde el corazón que sufre hasta el beso de la amada.

El teleférico induce a pensar en plan tranquilo lo que medio mundo olvida: que se sostiene en un hilo la difícil y sencilla profundidad de la vida. Un día voy a invitar a un viaje a través del aire a la gente que más quise y ya no está. ¡Mira la plaza, el mercado Camacho, El Prado! ¡Mira Laykakota, madre..!

Ponle color a los rumbos. Píntales azul, marengo o blanco de conflictivo (municipal, una nada), pero que sean fecundos transportes en activo. El teleférico, en fin, no es moda, es necesidad para vencer hendiduras topográficas y así hacer más igual el paso de los que las pasan duras. Vendrá el artista que pinte las esferas del sistema como párpados que guiñan con curiosidad fisgona en los cielos de verbena de la ciudad maravilla.

Veo con razón atea esas góndolas del aire como ángeles de la guarda, ajayus de acción severa de la urbe peleonera por defender su vanguardia.  Ciudad en andariveles rojos, amarillos, verdes y sus culturas de andén. Gloria al pueblo en las alturas de La Paz y larga vida al teleférico. Amén.

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