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Odisea Madiba

Sus fans nos inspiramos en el héroe de carne y hueso, no en el remedo de perfección que nos venden

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:14 / 18 de diciembre de 2013

La mayor hipocresía se da en entierros y aniversarios. Sobre todo en el gran reality show en el que se representa la Odisea Madiba donde todos aspiran a un rol: enemigos y amigos en primera fila. Si no hubiese sido por el falso intérprete de sordos, nadie se hubiera dado cuenta que estábamos frente a una absurda comedia, celebrada para satisfacer a un mundo necesitado de íconos mediáticos que reemplacen la fuente de la moralidad que tenía la religión. El ícono pop es Mandela.

Nosotros, sus fans, queremos ver al revés. Para comprender su grandeza humana huimos del mito, a fin de transitar por el territorio minado de las pequeñas cosas que hacen al hombre.

El triunfo del desengaño. Mientras sus enemigos iban expandiendo su leyenda, en casa desnudaban sus pies de barro. Vaya bochorno el de 1996, cuando impertérrito aireó los trapitos sucios de Winnie. Nuestro héroe, quien fue capaz de reconciliarse con los racistas que lo encerraron 27 años, negaba cualquier posibilidad de reconciliación con su mujer. Mandela, el autoritario, vanidoso, egocéntrico. En el cuento de hadas de su relación amorosa, Winnie y Nelson eran una unidad política. Madiba nunca hubiera sido posible sin ella; y 27 años son eternos para mantener la llama del amor encendida.

Pisando charcos de machoman, chicoteaba a su primera mujer. Empero, su perfecta coartada, Evelyn Ntoko Mase, era una traba para el desarrollo de sus ideas políticas. Entonces, su elección de nueva pareja fue ideal. Aunque para mí siempre fue mucha Winnie para el viejo Mandela. Que en sus últimos días buscó alguien que lo mime y lo cuide, que tenga afección al poder, que sepa manejarse en él y con él, que conozca sus reglas; no así una revoltosa que lo lleve de problema en problema. Ella fue Graça, la viuda rica quien le acompañó hasta el final de sus días.

El osito de peluche universal. No podía ser entrevistado por cualquier pinche, debías ser una celebridad. Uno de sus fans me contó decepcionado: platista había sido el compañero. Y uno se entera de esas cosas por la pelea de sus hijos que estaban dividiéndose las ropas del padre antes que muera. Y por su abogado ventilando que mister Mandela estaba involucrado en más de 110 empresas a través de Harmonieux y Magnifique Investment Holdings; que éstas facturaban 20 millones de dólares por año y que el mister tenía cuentas en el extranjero; aparte de la industria generada a su alrededor: su línea de ropa y la explotación de su imagen. El nuevo rico en Sudáfrica es negro y exguerrillero del CNA.

Resumen funeral. La Sudáfrica del oro, diamantes, vinos, tierras fértiles sigue siendo el país de los ghettos. No es un país socialmente igualitario, sino pregúntenle a Mugabe. Es el país del sida y la delincuencia. El racismo se da en otra magnitud: todos contra todos, como el caso de los vecinos migrantes. Se lo denominó el país de la impunidad, no por la reconciliación racial, sino por la corrupción. En cuenta de estar cenando con reyes y las celebridades a nosotros nos hubiera gustado ver a Mandela pronunciándose contra esto. Decían que ya estaba viejo para poner la casa en orden. 

Y el final de la odisea Madiba. Mítico como el retorno de Ulises al hogar, la villa de Qunu. Sus fans nos inspiramos en el héroe de carne y hueso, no en el remedo de perfección griega que nos venden los esotéricos y otras tribus mediáticas. Son sus imperfecciones las que construyen su grandeza humana. Mandela es lo que es porque no se quedó en ellas, sino que estuvo donde debía estar en el momento de luchar contra el racismo.

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