Columnistas

Oficiantes de la infamia

Con los dedos, los oficiantes de la infamia apelmazan la baba que van a soltar por el ventilador mediático

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:05 / 09 de marzo de 2016

Foco del odio, el líder Tomás Katari fue acusado por sus enemigos, “los pocoatas y machas anansayas” (historiadora Concepción Gavira dixit), de recibir dineros de los azogueros de Aullagas. El corregidor Acuña ordenó empujarlo vivo a un abismo en 1780. Sus hermanos Dámaso y Nicolás murieron igual por tormento. Los ajusticiamientos se hicieron virales en las redes de la Colonia.

Iba el presidente Sucre a dirimir un motín militar en su contra y recibió un balazo en el brazo derecho. En mayo de 1828, el Mariscal decidió irse del país tras whatsappear a su jefe Bolívar: “Se asombrará Vd. de saber que el doctor Olañeta es el consejero y director de los malvados”. Fue acribillado a tiros en una encrucijada. Olañeta le rindió gran homenaje gran en la Constituyente. Casimiro dos caras: Hola, por delante. ¡Ñeta!, por detrás.

La oligarquía apodó Cornudo a Belzu por las veleidades de su mujer, Manuela Gorriti. El general acusó al presidente Ballivián de meterse con ella y fue degradado al ras de recluta. Luchó Manuel Isidoro por su dignidad y ganó la presidencia en 1858. Tata Belzu repuso tierras a los indios y abolió la esclavitud. Melgarejo lo mató de un pistoletazo y tuiteó a sus fans que Belzu era un populista. Miles hicieron clic en “Me gusta”.

El presidente Agustín Morales denunció en 1874 la penetración chilena; la Cía. Arteche se robaba plata y oro del sur potosino. El Legislativo lo mandó al diablo. Sin fusileros, ese Morales pidió a la banda del Palacio seguirlo hasta el Congreso tocando una marcha y lo clausuró pistola en mano. Su edecán y sobrino, Lafaye, lo mató de siete balazos y puso una mentira en su féisbuc: “No me gustaba que abuse de su hijastra”.

Lloró ante sus soldados el presidente Daza al ser destituido por un golpe militar en plena guerra del Pacífico (1880) por los prochilenos Camacho, Campero, Arce y otros masones con apellidos de avenida. Daza Grosselle, el más inteligente de su tiempo, fue desacreditado toda su vida. Lo tronaron a balazos en el tren de Uyuni en 1894 cuando iba a denunciar on line a los felones.

No con pinzas, sino con los dedos —porque viven la era digital— los oficiantes de la infamia apelmazan la baba que van a soltar por el ventilador mediático. En agosto de 1939 dijeron los diarios que el presidente Busch se pegó un tiro en la sien por no aguantar un dolor de muelas. El héroe del Chaco traía sentencia de muerte por declararse socialista y abofetear al historiador Alcides Arguedas. La infamia propaló que el camba macho prefirió suicidarse por no ir al dentista. Sarcasmo en el blog de Falsides, el patiñista.

El presidente Villarroel fue atacado en el Palacio Quemado. La gran minería se la tenía jurada. Arrojado su cuerpo a la plaza Murillo, la turba lo colgó de un farol. Los medios de la rosca y la izquierda pirista del No lo acusaban en mil mails de masacrador y nazi. El farol sigue ahí y es visto como un enter por los cobardes.

Pobre mi general Torres, combatido por Lechín y los capangas trotskistas de la Asamblea Popular que, por génesis, atacan a presidentes progresistas. Derribado por el imperialismo y sus pares de bota y gorra, el Jotajota halló terrible muerte por la Triple A en Buenos Aires. Oficio de tinieblas de los másteres en lodo biológico que ostentan título universitario y libreta militar en orden. To clic out.

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