Columnistas

Ojo por ojo con Chile

Sobre todo nos llaman a la enmienda decisiva en el abrazo redentor

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:04 / 15 de noviembre de 2015

En respuesta a las maniobras militares chilenas de sus tres fuerzas desplegadas en la frontera que nos une y separa, Bolivia corresponderá con maniobras culturales.  No seremos tímidos tampoco, y también tutelarán los eventos nuestras máximas autoridades: los Apus y Achachilas, la Pachamama y los Cabildos.

Llevaremos a esos confines tropas de mohoceñada de la provincia Aroma con la fuerza de sus jóvenes bailantes a celebrar el azul del cielo y del mar, que es uno solo. Pasará largamente la Entrada del Señor del Gran Poder para honra del páramo extra-planetario donde unas metálicas exclamaciones tronarán animando la travesía arrolladora del color y de la danza, de la magia y la imaginería.

Un poco más al sur, Matilde Casazola, sentada en una colina, solita, mirando al poniente, cantará La estrella (“he visto muchos hombres / arrastrándose en la senda / cansados de pelear”). Y en la colina par, el guaraní Darío Yandureza, solito, entonará Ayarise, una y otra vez, su cántico ceremonial de integración.

Parado en la planicie, delante de una wak’a, Juan Pablo Piñeiro leerá de pé a pá su novela Cuando Sara Chura despierte, hasta que las piedras cedan al encantamiento y se conviertan en poblada tumultuosa de algarabía. Desde ahí emplazaremos leguas de surcos hacia el oeste (hasta donde se nos permita), donde sembraremos a Cerruto, Sáenz, Urzagasti, Wiethüchter, Reynolds, Tamayo, Quiroga, Suárez, Bedregal, etcétera, para quienes quieran recoger poemas y relatos, en asombro y fe, desde Arica hasta Puerto Montt.

Jóvenes fotógrafos y videastas levantarán registro y subirán crónicas a las redes sociales donde el mundo entero sabrá de la euforia pacifista y espiritual congregada en las provincias lindantes de Oruro y Potosí. Joaquín Sánchez alzará una instalación de sal envuelta en rojo ñandutí, para otear los crepúsculos. El caballete de La Placa tendrá montada una abstracción magnificente del paraje, oliendo a óleos todavía.

De noche, sobre el blanco manto del volcán Acotango, proyectaremos La nación clandestina de Jorge Sanjinés; así el norte chileno tendrá un espejo donde reconocerse. Y al pie del Sajama el Teatro de Los Andes representará su Mar, para delirio de los soldados al otro lado de la línea que no existe, tan ocupados en lo suyo. Desde el fondo del trópico llegarán a marcha segura los Macheteros de Moxos, a mostrarle a los guerreros la ruta hacia la Loma Santa.

Extenderemos awayus prehispánicos siguiendo el curso de los hitos fronterizos de norte a sur. Allá los bolivianos proveeremos un apthapi geográfico, abundante de ocas luminosas regadas con miel de caña, papas khati, imilla y runa envueltas en tari, choclos con queso fresco, ajíes amarillo y colorado, llajwas con quirquiña, jugos de cañawa y mocochinche, habas hervidas, cordero al horno de barro; y llamaremos a convite al vecino pueblo: vengan, nos serviremos, nos escucharemos, nos saciaremos la sed y el hambre juntos, diciendo.

Y juntos también, ahora que es noviembre, ofreceremos mesa a los difuntos que derramaron sangre al desierto o tiñeron de rosa la espuma del oleaje, como don Francisco Rioja, caído en el asalto a Pisagua en 1879, recién llegado de Arampampa, dejando en orfandad y misión de enfermería a su adolescente hija Andrea (mi bisabuela), hasta el fin de la campaña. Ellos como otros miles, cada quien con descendencias diseminadas por la geografía, aguardan nuestra invocación y ofrenda de manjares, pero sobre todo nos llaman a la enmienda decisiva en el abrazo redentor. Ese día yo mismo iré a Santiago a buscar a Eduardo Cáceres para elevar juntos un canto con las vociferaciones agitadas del mar y el mutismo quieto de la puna; pijchando coca.

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