Columnistas

Ojos indiscretos

La falta de respeto a las normas de tránsito es cada vez peor en el centro urbano, diseñado para peatones.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 28 de diciembre de 2014

Cuando converso con la gente, con mis amigos, la mayoría me dice que hemos tenido un año bueno. Los hay también que reclaman por todo y por nada, en un notorio síndrome de andropausia de jubilado que los hace maldecir a tiempo completo, sin mover un dedo para que las cosas cambien. Hoy haré este ejercicio de achachi amargado.

El conformismo es la antesala del aburrimiento y la desazón, pero dentro las formas de expresar su descontento hay cosas con las que coincido, por ejemplo: ¿por qué la Unidad de Tránsito no pone orden en el centro de La Paz? Desde que la distribución del subsidio de lactancia se trasladó de la calle Coroico a la calle Ballivián, muy cerca de la plaza Murillo, los automotores se estacionan en la calzada, ocasionando un desorden insufrible. A su vez la calle Yanacocha se parece cada vez más a la Buenos Aires, porque allí está el Ministerio de Trabajo y los funcionarios estacionan sus vehículos en plena esquina, lugar donde confluyen varias arterias de la sofocante hoyada. ¿Es que acaso el ministro no puede andar una cuadra para que lo recojan? Y por si todo esto fuera poco, más arriba, en la misma calle se encuentran las oficinas de Derechos Reales, y los penitentes que realizan su peregrinación a este lugar hacen lo mismo, como si nada. ¿Y los agentes de tránsito? Gas.

¿Será que en otros lugares las grampas para infractores rinden más?

Esta falta de respeto a las normas de tránsito es cada vez peor en el centro urbano, diseñado a principios del siglo XVIII para uso de caballería y peatones, y no para automotores. ¿Qué hacer?, diría Lenin, y Adolfo, me espeta: “¡Cerrar la Unidad de Tránsito y que se haga cargo la municipalidad!”. Otro radical farfulla: —Es mejor dejarlo así, porque llegará el día en que los ciudadanos incendiaremos los autos.

Otro acto ominoso: arrojar basura desde los edificios y los automotores. Este mix de mala educación, que se aprende en la casa, no en el escuela, no puede ser parte de la ciudad maravilla. Las bolsitas de plástico, utilizadas para contener leches, jugos y otros menjunjes, atiborran las arterias de la ciudad, pese a los avisos para evitar esta práctica insalubre que tapa los canales y sumideros. Nadie lee y los principales miembros del ejército de polucionadores son los estudiantes de las unidades educativas, quienes, cuando terminan las clases invaden parques y calles para denostar a la Madre Tierra. A veces debemos caminar kilómetros buscando un basurero para desprendernos del pringoso envoltorio.

Los carros basureros nunca cumplen su horario, así es que los citadinos bizarros dejan sus llameantes envoltorios de moscas en las esquinas, para que los miles de canes vagabundos despedacen las bolsas en busca de algún hueso de pollo, que a la postre los envenenará.

He ahí otro grueso problema, existen barrios y callejones que son tomados por canes y grupos de artilleros (alcohólicos consuetudinarios). Los últimos salen a machetear (pedir dinero a los transeúntes) para conseguir quibos (centavos) para su tucsillo (alcohol y agua); mientras, los perros se adueñan de los callejones, poniendo en riesgo la integridad de las personas. Sin embargo, en el Facebook, la mayoría de los usuarios con los que me comunico se conduelen más por éstos que por los niños abandonados que se unen a estos grupos. Estos son los que quitan las vallas de fierro que las subalcaldías colocan para proteger los jardines y áreas verdes, los asientos y las cubiertas de las pocas paradas de bus, que terminan siendo trasladadas a la feria de la 16 de Julio para ser rematadas.

Fin de año es el descalabro total, las vendedoras invaden las arterias peatonales y no existe autoridad capaz de poner orden. Es el desborde del abigarramiento, y los que salimos a la calles, sabemos a lo que nos exponemos. Debe ser lo más parecido a Calcuta, es decir que el proceso de calcutización es cada vez penetrante en nuestro conformismo. Pero, con todo eso, esta ciudad tiene un imán. ¿Qué será, no?

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