Columnistas

De saberes, ignorancias y licenciaturas

En Bolivia, el conocimiento verdadero está diseminado en la clandestinidad de la nación.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:00 / 06 de marzo de 2016

En Bolivia, los saberes fluyen por los entramados del tejido social desde hace siglos. Hay que ver todo lo que entraña la cadena operatoria del arte plumario, por ejemplo, magnífico proceso que se inicia en la relación viva del ser humano con las aves y culmina en la elaboración de primorosos objetos de representación.

Hay que ver los tejidos, el arte mayor del legado prehispánico aún vigente, con su sofisticado proceso de producción abarcando un conjunto de conocimientos específicos y trascendentes plasmados en última instancia en simbología de la forma, el color, las narrativas históricas, la funcionalidad y la estética.

Hay que ver las cerámicas en su recorrido desde la clasificación de las arcillas hasta el esmaltado, pasando por las técnicas de torneado o figuración, dibujo, aplicación utilitaria u ornamental, siempre como contundente testimonio de presencias humanas.

Hay que escuchar las músicas del calendario agrícola, compuestas bajo insospechadas nociones de sonido y tiempo, siguiendo también un curso dialógico: del cultivo de las cañas, a la meticulosa fabricación de instrumentos, al encantamiento con los ánimos del agua, al desarrollo de formas circulares, a la congregación social por la danza, y a la interpelación de las fuerzas naturales para la mejor cosecha, la lluvia debida, la domesticación animal, o el tributo a la generosidad de las fuentes.

Hay que asomar al ayllu como construcción política donde el individuo y la colectividad se explican mutuamente bajo premisas de pertenencia, reconocimiento y participación. O donde las funciones del poder se administran rotativamente como una obligación de servicio social ineludible, cuando toca.

O el ayllu como ordenamiento mayor de las sociedades, así como ordenamiento de sus partes concurrentes; o como aparato de producción de beneficio común inclusivo.

Hay que cocinar choclos, habas, papas, quinuas y tantos otros para sorprenderse de una agricultura que dialoga con la tierra, preguntando y esperando sus respuestas, sin profanarla, más bien honrándola religiosamente.

Hay que indagar en el poder de los oficiantes canónicos de la salud que asumen la integralidad del ser para armonizarlo con el universo mediante el poder profiláctico y sanador de las plantas.

Bolivia es un país con alta concentración de conocimientos efectivos de origen prehispánico que explican no solo nuestras identidades, sino nuestra supervivencia. Conocimientos imbricados en la cotidianidad rural y urbana del occidente al oriente, del norte al sur, en multiplicidad de manifestaciones y circunstancias, gravitan sobre la amplia gama social. Porque a la hora de la definición identitaria, todos levantamos referentes de la herencia ancestral para la propia representación; desde los combatientes a sangre del tinku de Macha hasta las señoritas caporalas de la zona Sur paceña.

Ninguno de los saberes antes mencionados forma parte de la institucionalidad académica boliviana, a ningún nivel de enseñanza. Esa academia, sin embargo, se arroga la validación o invalidación social del individuo mediante la extensión de “títulos”. En un país donde el conocimiento verdadero está diseminado en la clandestinidad de la nación, admitir la degradación de una persona por no acreditar diploma es síntoma de una colonialidad trágicamente insuperada. Son trampas de la dominación colonial que establece la medida y es dueña de la vara despreciando todo lo que su escala no mide. Reivindicar la importancia del conocimiento extraacadémico queda a contramano de las embestidas actualmente en curso, desde luego; pero es un objetivo irrenunciable en el ancho horizonte de la historia, y por cierto, un desafío pendiente para el discurso descolonizador. 

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