Columnistas

A mi ciudad alteña

La credibilidad de los dirigentes vecinales y autoridades nacionales y locales se ha desvanecido. 

La Razón (Edición Impresa) / Wilma Pérez Soliz

00:00 / 06 de marzo de 2016

Hoy se recuerdan los 31 años de creación de la ciudad más joven de Bolivia, El Alto. El pequeño barrio de Villa Dolores, que era la antesala de la ciudad de La Paz, se pobló a pasos agigantados. Ubicada a una altura de 4.008 metros sobre el nivel del mar, tiene una extensión territorial de 387,56 kilómetros cuadrados.

Fueron tres etapas históricas las que ayudaron a crecer a la urbe alteña: la de 1932, después de la Guerra del Chaco, la revolución de abril de 1952 y la relocalización de los mineros en 1985. El arribo de miles de familias migrantes, que asentaron sus casas en la planicie alteña, pronto convirtió a la urbe en la segunda ciudad más poblada de Bolivia. De 649.958 habitantes censados en 2001, pasó a tener 848.840 personas, según el Censo de 2012, y está por encima de su hermana mayor, La Paz. El crecimiento vertiginoso de la población y la fusión de costumbres traídas de las comunidades del altiplano, los campamentos mineros o poblaciones intermedias de otros departamentos forjaron al nuevo alteño.

A finales de los 80, poco después de que El Alto obtuvo el rango de ciudad, se organizó el Bloque de Barrios Marginales, la primera dirigencia vecinal cuyos representantes coordinaron diferentes medidas de presión para acceder a mejoras en obras viales, infraestructura y equipamiento.

Fue en esa época en la que vecinos y trabajadores, unidos por un solo ideal, forjaron la frase: “Combatir y morir de pie antes que sucumbir de rodillas ante el hambre y la miseria”, que, según escritos del comunicador y dirigente vecinal de esos años Julio Mamani, inspiró el estribillo “El Alto de pie, nunca de rodillas”.

A lo largo de los años, el prebendalismo practicado por algunos dirigentes comenzó a corroer a las organizaciones que se crearon para mejorar la situación de los habitantes alteños. Un claro ejemplo de ello constituye la denominada “guerra del gas”, de 2003, en la que la rebelión popular, sin la presencia de los dirigentes, sitió La Paz y evitó que se venda gas natural licuado a Estados Unidos, vía puertos de Chile. El saldo, 64 muertos.

En la nueva etapa, el surgimiento de nuevos dirigentes no es el mismo de hace décadas. Oficialismo y oposición, paralelismo de las organizaciones, nombramiento de dirigentes entre “amigos” y el que los alteños no nos sintamos identificados con ninguno ha dejado a la ciudad más joven de Bolivia sin representación legítima.

Ya no bastan las promesas susurradas al oído de cada habitante. La credibilidad de los dirigentes vecinales, así como la de representantes del Gobierno central y de la municipalidad se ha desvanecido, mientras la violencia y corrupción campea en las calles y la política se cobra vidas.

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