Columnistas

La ira de los estafados

Los republicanos, en el fondo, llevan décadas tomándoles el pelo a sus votantes.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

09:47 / 15 de mayo de 2016

Puede que necesitemos un nuevo tópico: la ópera no se acaba hasta que canta Carly Fiorina. En cualquier caso, se ha acabado de verdad (definitivamente en el bando demócrata y muy probablemente en el republicano). Y los resultados no podrían ser más dispares. Piensen en dónde estábamos hace un año. En aquella época todo el mundo pensaba que Hillary Clinton y Jeb Bush eran los que más opciones tenían de llevarse el gato al agua en sus respectivos partidos. Si había alguien que disintiera con los analistas oficiales, era solo para señalar que a Bush podría sustituirlo una cara nueva, pero siempre respaldada por la cúpula, como Marco Rubio.

Y aquí nos tienen ahora. Pero, ¿por qué Clinton, a pesar de haber sido objeto de la cobertura informativa más negativa que ha tenido cualquier candidato en este ciclo electoral (sí, peor que la de Donald Trump), ha llegado a la meta, mientras que el sistema del Partido Republicano se ha precipitado hacia una derrota humillante?

Sin duda, las personalidades han tenido algo que ver; digan lo que digan (bueno o malo) de Clinton, lo cierto es que aguanta la presión, un rasgo que brilla por su ausencia en el otro bando. Pero, en esencia, todo se reduce a diferencias fundamentales entre los partidos y el modo en que velan por los intereses de sus seguidores. Ambos les hacen promesas a las bases. Pero, mientras que los dirigentes demócratas intentan, más o menos, cumplir esas promesas, los republicanos, en el fondo, llevan décadas tomándoles el pelo a sus votantes. Y, al final, éstos se han rebelado contra la estafa.

Hablemos primero de los demócratas: su partido se define a sí mismo como el protector de los pobres y la clase media, y especialmente de los votantes no blancos. ¿Se queda corto en el cumplimiento de esa misión la mayoría de las veces? ¿Están sus dirigentes en ocasiones demasiado próximos a los donantes de grandes sumas de dinero? Desde luego. Aun así, si se fijan en lo que Obama ha hecho durante estos años, verán medidas reales en pro de los objetivos del partido.

Por encima de todo, tenemos la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, que ha proporcionado cobertura sanitaria a 20 millones de estadounidenses, beneficiando sobre todo a los pobres, las minorías y los trabajadores con salarios bajos. Eso es prestar un servicio a las bases; y, sin duda, es uno de los motivos por los que los votantes no blancos se han decantado mayoritariamente por Clinton, y no por un rival que a menudo parecía desdeñar ese logro.

Y ese programa se ha pagado, en gran medida, con una subida de impuestos a los ricos, ya que los tipos impositivos medios sobre las rentas más altas han subido unos seis puntos porcentuales desde 2008. Quizás piensen que los demócratas podrían y deberían haber hecho más, pero al menos lo que la cúpula del partido dice y lo que hace están aproximadamente en la misma línea.

Las cosas son muy distintas entre los republicanos. Por regla general, el partido ha ganado elecciones apelando a la animadversión racial y a la ansiedad cultural, pero su verdadero programa político consiste en velar por los intereses del 1% más rico, sobre todo mediante rebajas fiscales para las grandes fortunas (algo que ni siquiera los votantes republicanos apoyan, y detestan por completo ideas como privatizar la Seguridad Social y la asistencia sanitaria a los mayores de 65 años).

Lo que Donald Trump ha hecho es decirles a las bases que pueden escoger lo que quieran del menú. En la práctica, les ha estado diciendo a los blancos ofendidos que pueden alimentar su ira sin verse obligados a tragarse también la economía de la oferta. Sí, sus propuestas políticas reales siguen contemplando grandes rebajas fiscales para los ricos, pero esto no lo saben sus seguidores (y puede que él tampoco). Los detalles no son lo suyo.

La cúpula republicana ha intentado contrarrestar el tirón de Trump gritando, de forma cada vez más histérica, que no es un verdadero conservador. Y tiene razón, al menos según su definición de conservadurismo. Pero a sus votantes les da igual. Aquí el único misterio es por qué no ha ocurrido antes. Una posible explicación es la decadencia de la cúpula republicana, que se ha anquilosado y desconectado de la realidad.

Los burócratas que se han pasado toda su carrera profesional dentro de la burbuja de los comités asesores y los medios de comunicación de derechas albergarían la falsa ilusión de que su ideología gozaba de popularidad entre la gente de verdad. Y esa creencia les ha dejado inermes ante el desafío de Trump.

Sin embargo, es probable que sea más importante el choque entre la demografía y la locura relacionada con Obama. La élite sabe que el partido debe atraer a una mayor variedad de votantes a medida que el electorado se vuelve más diverso (de hecho, esa fue la conclusión de la autopsia del Partido Republicano en 2013). Pero las bases, cuya hostilidad se ha disparado tras siete años con un presidente afroamericano (al que la cúpula republicana ha hecho todo lo posible por demonizar) van por otro camino.

La cuestión, en cualquier caso, es que los dispares resultados de las primarias de 2016 no son algo accidental. El establishment demócrata ha ganado porque, aunque sea de forma imperfecta, ha intentado velar por los intereses de sus seguidores. La cúpula republicana ha sufrido una derrota aplastante porque lleva mucho tiempo estafando a sus votantes, y éstos al final se han hartado. Y sí, Trump también les está estafando a su manera, y con el tiempo también se darán cuenta de ello. Pero no sucederá de inmediato y, en cualquier caso, al sistema oficial no le servirá de nada. ¡Una pena!

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