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Juana Azurduy o el retorno del mestizaje

Con su última película, Sanjinés refuerza el imaginario que se asienta en el relato de la independencia.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

07:18 / 14 de junio de 2016

La última película de Jorge Sanjinés, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande, es una oda anunciada a la imagen casi homérica de esa combatiente por la independencia del subcontinente. Recuperarla de los anaqueles del pasado y rendirle homenaje es totalmente comprensible; empero, lo que sorprende del filme, dado su hacedor, es que se inserta en la continuidad de aquella narrativa histórica canónica, sin reparar en los trasfondos ideológicos de larga data que permean el proceso independista.

La figura de Azurduy vuelve a erigir el ícono del heroísmo mestizo, que alimentó recurrentemente el relato oficial de la guerra de la independencia, intentando dar a su paso algunos guiños al protagonismo indígena. Junto a Azurduy y su esposo, personajes como Esteban Arce, las heroínas de la Coronilla o José María Lanza  pueblan, una vez más, el panteón de los héroes/heroínas en primer plano. O sea, Sanjinés, con esta película, refuerza el imaginario boliviano que se asienta en el relato escolar del proceso de la independencia.

El discurso de la descolonización, entre otras cosas, tiene el propósito de deconstruir la narrativa oficial. Su apuesta es comprender la historia ya no como sucesión lineal, sino en toda su complejidad. Esto no significa desactivar el acontecimiento acaecido, sino entender que es el desenlace de una acumulación histórica más profunda y densa. La película, apoyada por diversos entes del Estado Plurinacional, no logra esto. Dicho en otras palabras, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande es casi un reflejo de estos 10 años del denominado “proceso de cambio”, que ha sido incapaz, más allá de lo simbólico, de asumir el referente indígena como sujeto social protagónico en la construcción del nuevo Estado. De allí que (re)aparece el mestizo, como ocurrió en el Estado del 52, encarnando el liderazgo condensador de la vitalidad histórica de este país.

Quizás por esta razón en la cinta lo indígena es aludido, a ratos, casi por inercia. Lo predominante es esa vieja visión indigenista de cuño paternalista de los mestizos/criollos sobre los indígenas. La película intenta mostrar ciertas encrucijadas de la identidad mestiza en Juana Azurduy,  alude a su sangre indígena menoscabada, por la que los doctorcitos la llaman “chola”; sugiere así las agudas contradicciones raciales, pero pretende zanjarlas con la actitud protectora de los mestizos “progres” hacia los indios; lugar desde el cual emerge la figura redentora de Juana. Mientras tanto, los indígenas permanecen en la retaguardia, nunca en la vanguardia de la lucha independista (¿quizá porque ante los criollos se sabían más desprotegidos que ante la misma corona española?).

La interpelación de Juana Azurduy a Bolívar y Sucre, en el filme, da cuenta de los peligros en ciernes de una élite criolla arribista y ávida de (re)montarse en el poder, para lo cual están dispuestos a unirse, en apariencia con “fervor contradictorio” —como diría Octavio Paz—, a indios y liberales de la “patria grande”. Éstos, por cierto, no dejaban de traer consigo un “proyecto señorial ilustrado, encarnado en el propio Bolívar”, como diría René Zavaleta. La película no cuestiona esto. Al contrario, insiste en mostrar al Libertador como  ícono de la patria grande; la heroína pide a Bolívar que no abandone este suelo, casi sugiriendo que este país no puede prescindir de la “luminosidad” de los padres de la patria o jefazos contemporáneos que nos eviten el retorno de los Olañeta. ¿Aquí yace el mensaje de la película?

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