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Minas, balas y gringos: el valor de la evidencia

Decir que Paz Estenssoro se había convertido en ‘sirviente del imperialismo’ no resulta una exageración.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

09:17 / 19 de junio de 2016

La izquierda boliviana siempre percibió y denunció la injerencia imperialista de Estados Unidos. Para demostrarla, apelaba a indicios o a uno que otro desliz de los operadores nativos o extranjeros. La intervención se deducía o intuía, escaseaban las evidencias. Con frecuencia se recurría a ejemplos de lo sucedido en otros países donde quedaban absoluta y documentalmente demostradas las acciones “encubiertas” de los organismos de Inteligencia estadounidenses; sin ir lejos, los casos de Guatemala en los años 50, el derrocamiento de Allende en Chile en 1973 o la guerra de los “contras” en Nicaragua durante los 80.

La investigación del historiador Thomas C. Field Jr. recientemente publicada por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Vicepresidencia aporta luces sobre este asunto, con la demostración palmaria de lo que hacía en aquellos años el gobierno de Kennedy y la manera cómo finalmente se sometía Paz Estenssoro a su voluntad. No obstante algunas poses habilidosas y ciertos remilgos del líder emenerrista, decir —como se decía entonces— que Paz Estenssoro se había convertido en “sirviente del imperialismo” no resulta una exageración ni un mero eslogan. La documentación y los testimonios presentados por Field tienden a demostrarlo.

El investigador no se limitó a revisar los libros publicados sobre ese periodo, trabajó en por lo menos 16 archivos de Bolivia y de otros países buscando documentación primaria, y recogió testimonios de más de 50 personas entrevistadas. Una portentosa y abrumadora base documental, sin lugar a dudas, aunque falta la visión de los partidos de izquierda, PCB y POR, principales acusados de soliviantar a los mineros.

Entre los múltiples y variados aportes de este libro se puede señalar también el dejar en claro lo que fue la tan publicitada “Alianza para el Progreso” de Jhon Kennedy, un mecanismo para controlar y dominar, por las buenas o por las malas, a nuestros países y contrarrestar la influencia de la revolución cubana. El Che, como delegado de Cuba, se había encargado de desenmascarar el plan en Punta del Este, en el acto mismo de su presentación. Y algo similar puede decirse de Usaid, entidad de supuesta “cooperación al desarrollo”, capaz de proporcionar armas, vituallas y dinero a líderes campesinos corruptos dispuestos a atacar a los mineros.

Aspectos novedosos y muy ilustrativos son los matices, discusiones y contradicciones en el aparato gubernamental estadounidense; no solamente posiciones en bloque enfrentadas entre el Pentágono y el Departamento de Estado, como se percibía aquí. También el hecho de que la política oficial de Estados Unidos hasta el último minuto habría sido la de mantener a Paz Estenssoro en el gobierno (incluyendo un cargamento de armas de refuerzo que llegó al amanecer del día de su derrocamiento). Parece evidente que no dieron la luz verde al general Barrientos, pero habían preparado todas las condiciones para el relevo y se habían esmerado tanto en encumbrarlo que el locuaz aviador se tomó la libertad de actuar por su cuenta, sin esperar las órdenes. Otro elemento que aumenta el valor y la importancia de este libro es su estilo narrativo atrayente, de fácil lectura a pesar de la inevitable referencia constante a las fuentes.

Reflexión final, ¿si así actuaban Kennedy y sus muchachos, listos incluso a mandar sus tropas militares para imponer a sangre y fuego el Plan Triangular a Comibol, ahora los muchachos de Obama estarán con los brazos cruzados? Ojalá no tengamos que esperar medio siglo para que un historiador extranjero venga a darnos la respuesta.

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