Columnistas

Terror a domicilio

Mediante estallidos incesantes a domicilio, se busca que en Occidente todos desconfíen del vecino.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

06:56 / 20 de junio de 2016

El afgano-estadounidense Omar Mateen, el gatillero de Orlando, no es el primero, pero quizás sí el más notorio de una nueva legión de matadores. Con su llegada a la espectacularidad funeraria, las estrategias insurgentes se han renovado hasta desbordar los límites de la imaginación. Balear gente desprevenida ya nunca más será lo mismo.

Ante la sofisticada represión estatal, diseñada meticulosamente durante la Guerra Fría, la guerrilla, como forma de combate disperso y eficaz, pasó de rural a urbana, donde se hizo más escurridiza, ocasionando que el enemigo diera golpes errados sobre civiles inocentes. Engendraba así un malestar conducente a la polarización y a la atracción de nuevos reclutas indignados por la violencia indiscriminada de las fuerzas del orden.

Luego se inventó la infiltración selectiva, por la cual un agente encubierto era inyectado disimuladamente en una sociedad, tras lo cual sería “despertado” para hacer daño (Tania y el Che en el caso de Bolivia). Más adelante se patentó la compartimentación, usada por Sendero Luminoso, por la cual cada combatiente ignoraba lo que hacían sus camaradas; gracias a lo cual desbaratar esta opaca estructura resultaba prácticamente imposible. Un arresto exitoso nunca llevaba a nada. Los guerrilleros eran claves cifradas en un tablero donde casi nadie conocía identidades precisas. Por eso el golpe letal en Perú tuvo que ser el apresamiento de Abimael Guzmán, el cerebro central de la red.

Hoy, con el apogeo de las redes sociales, la insurgencia guerrillera puede multiplicar su poder de fuego en proporciones nunca vistas en el pasado reciente. Decíamos que Mateen es el ejemplo vivo de esta deslumbrante táctica aniquiladora. Mediante golpes de efecto globales como el degollamiento de prisioneros, YouTube mediante, el Estado Islámico ha inscrito en la mente curiosa de millones de internautas una nueva franquicia.

Abu Mohammed al-Adnani, vocero de este ejército regular, ha sido claro. En su última instructiva pública difundida por internet pidió a sus simpatizantes que ya no se dirijan a Siria o Irak para ser entrenados en el arte de las balas y las bombas. Lo aconsejable ahora es que cada converso golpee en casa, en el entorno seguro y confiado por donde deambulan despreocupadamente. De ese modo, mediante estallidos incesantes a domicilio, se busca lograr que en Occidente todos desconfíen del vecino, del colega, del mimetizado compatriota que ingresa al cine o a la discoteca para organizar un baño de sangre. Así, sin que haga falta tener un estado mayor que instruya operativos, cada acto individual o microcolectivo usará la franquicia que mejor ha conseguido colocarse en el mundo como adversario del Occidente cristiano.

Donald Trump ha propuesto que para poner un alto a esta guerrilla descentralizada, Estados Unidos debería cerrar sus puertas a cualquier musulmán. Alguien que sugiere semejante disparate no puede gobernar uno de los países más prósperos del planeta. Mateen no necesitó visa, nació allí como miles de musulmanes o cristianos. Y es que el que adquiere la franquicia necesita un arma, no un pasaporte. Y ya sabemos que para ser insurgente basta con un rifle y un odio letal a la diversidad y su polifonía. 

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