Columnistas

Yo (también) tengo miedo

Nuestra relación con el otro se establece ya no a través de la confianza, sino a través del miedo.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

07:07 / 09 de agosto de 2016

Posiblemente uno de los sentimientos más espantosos del ser humano es el miedo, provocado por la percepción de un peligro imaginario o real.

Este estado anímico parece ser un estigma que llevamos a cuestas. Y en la mayoría de los casos la percepción del peligro está encarnada por el “otro”. En su trasfondo, el miedo banaliza las relaciones sociales, las reduce a un intercambio de temores mutuos. El miedo es perenne, solo cambia sus matices con el tiempo.

Hace unos años leí Una misma noche, del escritor argentino Leopoldo Brizuela (novela ganadora del Premio Alfaguara 2012), que da cuenta de que el miedo es un continuum. En la actualidad aquel miedo de las épocas de las dictaduras se reproduce con otros ropajes, expresado, por ejemplo, en el temor por la criminalidad que campea en las ciudades latinoamericanas, muchas veces debido al tratamiento sensacionalista de los mass media.

Sea como fuera, tal parece que hoy en día el sentimiento del miedo se está apoderando de nuestro ser: condominios ultraprotegidos, los linchamientos van en aumento, la violencia pública y privada se registra por doquier, el número de mujeres asesinadas por sus parejas no deja de crecer... son una muestra de una expresión mucho más extendida que se propaga inexorablemente, carcomiendo las mismas relaciones humanas. Como si fueran personajes del cuento La casa tomada, de Cortázar, las personas entienden al “otro” como una amenaza casi por naturaleza, lo que genera procesos peligrosos de estigmatización social y, en otras ocasiones, incluso raciales.

Como si se tratase de un fantasma hamletiano, la violencia ronda como un espectro sobre nuestra convivencia, afectando seriamente nuestro relacionamiento con los otros. Así, se configuran algunas fronteras simbólicas con efectos aterradores. Nuestra relación con el otro se establece ya no a través de la confianza, sino a través del miedo, que opera como un mecanismo perverso que nos induce a autoexcluirnos, e incluso en algunos casos a una especie de autosegregación, como ocurre con la élite cochabambina (fenómeno explicado por el sociólogo cochabambino Carlos Crespo). En otras palabras, se trata de una negación de la alteridad que esfuma cualquier posibilidad de interacción social. Esa autosegregación es fiel reflejo de los procesos de interculturalidad asociados al mestizaje idílico que tanto pregonó la élite cochabambina, y que hoy está seriamente cuestionado.

El miedo por lo diferente (la mujer, homosexual, indígena, jóvenes, etc.) se va acentuando peligrosamente. Así se configura un escenario signado por un temor que se expande por doquier y con creces. En algunos casos este miedo tiene ropajes machistas. Los alarmantes índices de maltrato contra la mujer en todas sus expresiones, y los incontables casos  de feminicidio son una muestra elocuente de esta realidad descarnada. De hecho muchas mujeres duermen con el enemigo, y así viven con el miedo internalizado en sus almas. Lo peligroso es que el temor en cualquiera de sus expresiones (o matices) va adquiriendo carta de ciudadanía, y con ello todos esos fantasmas (machismo, racismo, fobias…) van reapareciendo. De allí que, como sociedad, todavía no podemos superar nuestros propios traumas, lo que está socavando no solo las convivencias sociales, sino también humanas. Quizás por esta razón tenemos miedo incluso de nosotros mismos.  

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