Columnistas

De chivos, monstruos y medios

El tratamiento periodístico de algunos medios contribuye a la búsqueda de chivos expiatorios.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

06:37 / 23 de agosto de 2016

En Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez relata el asesinato de Santiago Nasar, un joven inocente vecino de un recóndito pueblo del Caribe, conocido por sus aventuras amorosas. Este relato da cuenta del casamiento de Bayardo San Román con la joven Ángela Vicario. En la noche de bodas, Bayardo descubre que su esposa no era virgen y decide devolverla a la casa de sus padres. Ángela, para salvaguardar la vida del verdadero responsable de su “afrenta”, culpa a Santiago Nasar, cargando así en los hombros de sus hermanos la terrible responsabilidad de lavar el agravio familiar con la vida de su amigo, a quien terminan asesinando. En este relato García Márquez refleja metafóricamente cómo toda sociedad tiene la necesidad de buscar chivos expiatorios.

La búsqueda de chivos expiatorios deviene de tiempos remotos. Por ejemplo, en la práctica ritual de los antiguos judíos el sumo sacerdote, purificado y vestido de blanco para la celebración del Día de la Expiación (purificación de las culpas por medio de un sacrificio), ponía las manos sobre la cabeza del animal elegido, por lo general un carnero sin manchas, al que se le imputaban todos los pecados y abominaciones del pueblo israelita. El mito del chivo expiatorio también está presente en la mitología de las sociedades contemporáneas, que es “vehiculizado” (o reforzado) por los medios masivos. El tratamiento periodístico de algunos medios contribuye —consciente o inconscientemente— a la búsqueda de chivos expiatorios; particularmente en aquellos temas que son sensibles para la sociedad.

Toda sociedad tiene su monstruo, o por lo menos tiene la necesidad de construirlo. Es aquel ser que irrumpe en escena para transgredir la ley, aunque paradójicamente en él se refleja todo aquello que se debe combatir para tener así una sociedad más ajustada a los valores de la época. De allí que el monstruo es también, de alguna manera, aquel espejo distorsionado donde la sociedad se mira a sí misma a regañadientes.

Michel Foucault diría que el monstruo en principio es esencialmente una noción jurídica, ya que no solo viola el pacto cívico, sino también las leyes de la naturaleza. Pero, por las características apuntadas anteriormente, el monstruo también opera como un mecanismo para expiar las culpas; y así la sociedad se siente tranquila, ya que remoza sus culpas. De esta manera, aquel chivo expiatorio cumple con los designios trazados por la sociedad. Pero para que su papel no sea equívoco, el chivo expiatorio debe tener rasgos monstruosos que justifiquen un castigo severo, aunque, en muchos casos, éste sea desproporcional a su propia culpa.

En este contexto, los medios de comunicación tienen un papel protagónico para reforzar aquella tendencia casi impulsiva de la sociedad de construir sus propios monstruos. Aquí está el meollo de la cuestión. Esa obsesión de hallar y culpar al monstruo tiene una dosis de sensacionalismo, que está acorde con los intereses de aumentar la audiencia, y todo esto forma parte de un juego en el que el morbo es el principal ingrediente para que un hecho se instale inmediatamente en la agenda mediática.

Por lo tanto, la construcción mediática del chivo expiatorio con rasgos monstruosos ha demostrado que la exacerbación de los miedos hace que la sociedad de hoy sea incapaz de remendar sus propias culpas por sí misma, y prefiere buscar monstruos desprovistos de humanidad para enviarlos al infierno, o como dice el escritor y periodista peruano Santiago Roncagliolo, “las prisiones son buenos lugares para conocer un país, porque guardan todo lo que una sociedad no quiere verse de sí misma”.

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