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Así siempre es…

La violencia y la irracionalidad vuelan por encima de quienes deben seguir caminando.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

08:40 / 28 de agosto de 2016

Así siempre es... Eso decía una señora que caminaba por la carretera con su bulto a la espalda y su guagua en brazos y cadera. Como miles de otros, se había quedado varada a mitad de camino por el bloqueo y debía llegar a su destino atravesando el fuego cruzado de gases lacrimógenos, piedras y dinamitas lanzadas a hondazos.

Así siempre es. Así siempre ha sido. La violencia y la irracionalidad vuelan por encima de quienes deben seguir caminando, seguir trabajando, seguir vendiendo, seguir sobreviviendo aunque la vida se les vaya en ello. Recuerdo febrero de 2003, mientras policías y militares se disparaban unos a otros y las balas volaban en todas direcciones en la plaza Murillo, un muchacho chalequero seguía ganándose la vida alquilando su celular a periodistas y curiosos.

Cuando la carretera está bloqueada, no tarda en salir el motoquero o el bicicletero que lleva y trae a la gente por una no tan módica suma.

Así siempre es, nos hemos acostumbrado tanto a la violencia y a la irracionalidad que, como camaleones, nos acomodamos a sus colores: bajamos de la flota y caminamos atravesando las líneas enemigas con nuestros bultos y nuestras guaguas. Llevamos bicarbonato en el bolsillo para enfrentar los gases lacrimógenos. Ya no nos sobresalta el dinamitazo en plena ciudad o plena carretera. Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que hay incluso quienes la salen a buscar para ganarse la vida o lucrar de ella.

Hemos naturalizado tanto la violencia que nos hemos dado el lujo de permitir el uso de dinamita en festejos y en manifestaciones, justificando que es parte de nuestra tradición y nuestra idiosincrasia. Y, como tradición nomás, luego la dinamita encendida se la sujeta en una honda y se la lanza contra la humanidad de los oponentes. Y, como parte de nuestra idiosincrasia, llegan inevitablemente los muertos y no se sabe si creer a la Policía que afirma no haber usado armas de fuego, o sospechar del bando de las víctimas, porque ya hemos llegado a un punto en que nadie ni nada está fuera de sospecha.

Así siempre es, todos los bolivianos hemos sido rehenes una vez u otra. Retenidos contra nuestra voluntad en carreteras, terminales, oficinas, alcaldías o finalmente en nuestras casas, impedidos de salir y circular libremente por nuestras propias calles y carreteras, impedidos de viajar, de trabajar, de ir o de regresar porque un grupo más grande o más pequeño ha decidido reivindicar una necesidad o un derecho usándonos como escudos humanos. Así siempre es, las autoridades no dialogan mientras haya movilizaciones. Así siempre es, los movilizados no dialogan si no viene el “dueño del circo” hasta el propio punto de bloqueo. Así siempre es, hemos visto muchas veces que nadie dialoga y nadie cede y nadie baja el tono hasta que no se hayan usado heridos y muertos como moneda de cambio.

Así siempre es, muchas veces hemos visto autoridades, policías, funcionarios o transeúntes retenidos contra su voluntad, tomados como rehenes para forzar una solución o doblar el brazo. Lo que nunca había sido es que la irracionalidad se lleve, en actos y no solo en amenazas, hasta las temidas “últimas consecuencias”. Lo que nunca había sido es que la violencia se desborde hasta el punto de asesinar al rehén, así como se tortura y se mata a los ladrones o borrachos que ignoran la advertencia colgada en el pecho de un muñeco de trapo.

Cuando tanta irracionalidad y tanta violencia son vistas como algo normal, que siempre es y ha sido, se ha llegado hasta el punto de no retorno, al borde del abismo donde nos miramos sin saber cómo detener la caída en la más completa indefensión: no hay racionalidad, no hay justicia, no hay paz, no hay comunidad, no hay patria, no hay diálogo.

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