Columnistas

La debilidad de la acción colectiva

La música puede ser una vía de promoción de la paz e inclusión social para todos los niños y niñas.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

06:46 / 19 de septiembre de 2016

Nuestra estructura social que tiende a reproducir contradicciones históricas constituye la principal condición para la generación de ciclos de protesta social, que no han dejado de suceder a pesar de que el país vive nuevos tiempos políticos. Sin embargo, en los últimos años los movimientos sociales no han logrado tener éxito en la consecución de sus demandas, ante un gobierno que irónicamente se (auto)identifica con ellos. ¿A qué se debe esta paradoja?

Según los estudiosos de los movimientos sociales, las condiciones de emergencia y desarrollo de la acción colectiva dependen de la relación de tres componentes fundamentales: las oportunidades políticas, las estructuras de movilización y los marcos de acción. Las oportunidades políticas refieren el estado del entorno político que fomenta o desincentiva la acción colectiva; las estructuras de movilización constituyen las capacidades de los actores sociales para convertirse en una fuerza contendiente; y los marcos de acción hacen referencia a los medios de subjetivación que hacen posible la cooperación entre los actores sociales.

Por tanto, la relación entre las oportunidades políticas, las estructuras de movilización y los marcos de acción es de mutua determinación, lo que define el éxito o el fracaso de los movimientos sociales. Esto porque aunque las redes sociales y los vínculos organizativos constituyan una potencia para la movilización, sin oportunidades políticas se carece de incentivos. De hecho, para que esa potencia pueda expresarse, los marcos de acción deben hacer posible ligámenes de solidaridad y constituir un nosotros frente a un enemigo.

En los ciclos de protesta social en el país la relación entre esos factores no siempre ha sido posible, basta con referir aquel rasgo de la opinión pública que tiende a denostar las marchas, las manifestaciones y los plantones, a pesar de que la continuidad de estas prácticas derive de la cerrazón del sistema político y esto mismo justifique la movilización social. Precisamente por esto, en determinadas épocas de nuestra historia una relación óptima de los componentes de la acción colectiva hizo posible el éxito de los movimientos sociales, a pesar de que muchos de esos momentos fueron muy dramáticos como los registrados en el periodo 2000-2003, en el cual la protesta social se expresó en su más potente dimensión a partir de la masificación del poder social frente a la perversión del sistema político.

Ese no es el caso del reciente ciclo de protestas protagonizadas por el Comité Cívico Potosinista, las personas con capacidades diferentes y los cooperativistas mineros. Aunque en estos casos los repertorios de acción que buscaban obtener el apoyo de la opinión pública dependieron de la utilización de símbolos muy sensibilizadores como un can o una silla de ruedas, como manejo del daño, ningún movimiento logró establecer vínculos solidarios para conformar un poder social de gran magnitud. Es más, el uso de medios violentos de acción por parte de los cooperativistas mineros contravino los repertorios de acción culturalmente tolerados, despertando de esa manera la animadversión de la opinión pública, lo que debilitó rápidamente su carácter de contendiente social poderoso.

Precisamente la dinámica de la acción colectiva de los últimos años estuvo definida por una ausencia de oportunidades políticas, ya que la crisis del sistema político, que suele convertirse en el principal incentivo para la movilización, no ha sido manifiesta. Más bien, los propios movimientos buscaron generar tal crisis sobre la base de marcos de acción limitados quizá por la presencia fantasmal de la oposición, que en vez de generar marcos de adhesión solo tiende a intervenir en lo social. 

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