Columnistas

Colombia: a fojas cero

La gente en Colombia quiere una paz lo más parecida a la rendición de los insurgentes.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

06:33 / 10 de octubre de 2016

Tras haber presenciado el 17 de junio de 1953 cómo los tanques soviéticos aplastaban las protestas de sus compatriotas, el escritor alemán Bertolt Brecht ironizaba así: “Cuando la gente ha perdido la confianza en su Gobierno, ¿no sería más fácil que éste simplemente disolviera al pueblo y eligiera otro?”.  

Así parecen razonar en estas horas quienes no disimulan su frustración por la victoria del No en Colombia. Abundan los comentarios en los que se denigra a quienes fueron a las urnas, y prácticamente se maldice a los que no se tomaron dicha molestia: estos últimos fueron seis de cada diez. En los hechos, solo el 17% de los potenciales electores, 6 de 34 millones, marcaron No en la papeleta. Ha sido ese minisegmento el que le ha puesto un freno al desarme de la guerrilla a cambio de la reducción de penas para tantos criminales de credo marxista. Pues bien, Brecht tuvo razón: ese es el pueblo, no hay otro disponible, y con ese corresponde reencaminar todo.

El domingo Colombia volvió a meterse en un callejón sin salida. Los acuerdos fueron rechazados y solo otro plebiscito similar podría remover tal decisión. No obstante, para organizar otra consulta es indispensable cambiar de tal modo los acuerdos con la guerrilla de las FARC a fin de que al menos 67.000 votantes cambien de parecer. Así de corta y sin embargo así de profunda también es la distancia que separa a ese país de la normalidad latinoamericana.

El reloj de la historia ha retrocedido no cuatro, sino 10 años. Es volver a empezar, pero en peores condiciones. Hoy se sabe, a diferencia de cuando comenzaron las últimas tratativas en Noruega, que una mayoría rechaza hacer concesiones a tantos hombres armados. La gente quiere una paz lo más parecida a la rendición de los insurgentes. Es tan grande el repudio al mal llamado “ejército del pueblo” que incluso los que optaron por el Sí lo hicieron para liberarse de su presencia.

Los impulsores del No han puesto sus condiciones para que el acuerdo vuelva a escribirse. Piden que los exguerrilleros que cometieron u ordenaron cometer crímenes los paguen en la cárcel. En tal sentido, el perdón solo sería para los combatientes rasos, aquellos sin rango ni comando. La jugada es clara. Buscan que los barrigones jefes de las FARC se queden solos, mientras su tropa rompe filas y se acoge a los beneficios de una paz con rendición. Sin embargo, es muy difícil que algo así suceda. Hace mucho tiempo la guerrilla dejó de ser, en América Latina, la condensación de una vida heroica y sacrificada. Ahora consiste en usar los fusiles para extorsionar, secuestrar y contrabandear minerales, drogas o electrodomésticos. Si la guerra cesa y no hay incentivo a cambio de entregar las armas, ésta simplemente regresará. Las FARC necesitan subsistir y solo pueden hacerlo en un ambiente de paz, si el Estado les entrega los beneficios que ahora ya no puede hacer efectivos. Renegociar el acuerdo es incrustar los puntos de vista del No al armisticio sabiendo que éstos son incompatibles con las golosinas que animaron a las FARC a convenir su disolución como ejército. Así, si todo era posible antes del 2 de octubre, ahora ya nada lo es. Por eso, el Premio Nobel para el presidente Santos bien podría ser catalogado como medallita consuelo para seguir negociando una nueva década perdida.

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