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Día de Todos los Muertos

Sin estas ilusiones, estos credos, la muerte sería más espantosa y la vida, más miserable.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

18:01 / 06 de noviembre de 2016

Cada pueblo tiene su propia y particular manera de defenderse de la muerte, pues solo en una vida después, o en un retorno eterno, o en una dimensión paralela se puede construir el sentido del aquí y el ahora. Solo en la muerte y el misterio de qué hay detrás de ella puede explicarse la necesidad humana de uno o muchos dioses.

En noviembre llegan los muertos para comer, beber y alegrarse; y con ellos nos alegramos todos, recibimos el consuelo de creer que están todavía cerca, que un perro amable puede ayudarles a cruzar el río que nos separa; que podemos contribuir desde aquí a que su viaje sea más agradable: cañas de azúcar, agua, cebollas, fruta, música, escaleras y encender una vela que los guíe hacia la mesa familiar donde los esperamos, para que sepan que no se los olvida.

A su vez, los muertos vuelven esperanzados y alegres. Vienen en ventarrones o en alas de insectos de distintos tamaños y colores. Ladran los perros que los reciben, lloran los niños que los sienten arrimarse, hablan en sueños y nos advierten de posibles males. Traen consigo el agua, la lluvia, el inicio de una nueva temporada de siembra, que solo acabará en cosecha, frutas y flores en época de carnavales.

En todo el país, en oriente y occidente, campo y ciudad, mina y sembradío, son esas dos fiestas las que nos unen y son inescapables. Solo Todos Santos y Carnaval se celebran en grande en todos y cada uno de los rincones. Es que son los dos extremos entre los que nos movemos como seres: nacer y enterrar, alma y cuerpo, siembra y cosecha, sexo y muerte. Con las almas que regresan al mundo de los vivos empieza la siembra y la lluvia, y los muertos se representan como guaguas que nacen de la muerte. Y cuando se están terminando las lluvias y las almas van a irse definitivamente, celebramos la cosecha, bautizándonos unos a otros con agua y fruta, enterramos el pepino y despedimos la fiesta y la vida hasta el año siguiente.

Solo se quedan entre nosotros los muertos libres, las calaveras insepultas, las ñatitas que han perdido su conexión o su vuelo hacia el otro lado y se quedan aquí, rebeldes. Ellas son el puente permanente, el medium que nos recuerda que la carne que se desvanece y los huesos que se blanquean no son lo que somos, finalmente. Que más allá de los despojos que dejamos en la tierra hay una esencia que nos sobrevive; y ella puede mover objetos, hacer ruidos, provocar sueños y proteger a nuestras familias de las inclemencias que las rodean; que no hay separación sin retorno; que el río que separa la vida con la muerte también es agua que fluye y regresa, riega y alimenta... pues el río no solo separa los vivos de los muertos: también los une. La muerte, así, es dulce y soportable.

Sin estas costumbres, estas ilusiones, estos credos, la muerte sería más espantosa y la vida, más miserable. Nos hicimos poderosos como especie el momento en que imaginamos que la vida que vivimos aquí y ahora es solo una antesala, un examen, una etapa o un karma; y cuando decidimos creer que hay almas y cuerpos, ángeles y demonios, cielos, infiernos, paraísos; así como perros, caballos, escaleras y sacramentos que pueden comunicar suavemente a unos con los otros.

En el campo, la tierra está lista. Con las almas vienen las lluvias y con las lluvias viene la siembra. Con las almas de los muertos que regresan llega la vida.

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