Columnistas

La mayoría silenciosa

Por el ausentismo de la mayoría, las minorías toman decisiones muy importantes en no pocas elecciones.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

18:04 / 06 de noviembre de 2016

La expresión silent majority (mayoría silenciosa), aunque utilizada ya desde antes, ganó cuerpo político en torno a la guerra de Vietnam sobre todo gracias al presidente Richard Nixon (1979-1983), quien la contrastaba con las vocales minorities (minorías). Desde entonces se la usa en muchos países y contextos. El último en hacerlo es Donald Trump. Pero últimamente mucho más cerca de nosotros hemos tenido al menos dos casos en los que una minoría tomó decisiones muy importantes frente a la mayoría, que simplemente se abstuvo de participar.

Uno de estos casos ocurrió en las últimas elecciones en Chile, en las que solamente el 34,9% de los electores eligió a los gobernantes, frente a un 65,1% que ni siquiera se presentó a ejercer su derecho votar. Hay países en que si los que votan no alcanzan la mayoría del 50% más uno, los resultados dejan de ser vinculantes. Así pasó este año en Hungría en un referéndum sobre cuotas migratorias. Pero el caso más notable, a mi entender, fue el referéndum por la paz en Colombia, donde, pese a lo mucho que estaba en juego, los que no votaron fueron el 62,7%, la abstención más alta en los últimos 22 años. ¿Cómo interpretar este fenómeno?

Hagamos primero la distinción entre aquellos países en los que ir a votar es obligatorio, aunque quizás se cumpla esa obligación votando en blanco o nulo; y aquellos en los que no hay tal obligación, como en los casos recién mencionados de Chile y Colombia y muchos países del Primer Mundo.

Naturalmente, donde no existe esa obligación es normal que quienes se abstengan sean más. Por otra parte, aunque exista la obligación de votar, siempre hay un porcentaje que no está en condiciones de hacerlo, ya sea por viajes, motivos de salud, por no haberse inscrito, etc. Suele decirse que si el ausentismo está por debajo del 30%, el nivel electoral ya ha sido bueno. Lo de no haberse inscrito ha sido, en un pasado no tan distante, la principal causa para impulsar grandes campañas, por ejemplo, en Estados Unidos en relación al voto de los negros.

Sin embargo, queda un remanente, que no estoy en condiciones de cuantificar, que no vota porque piensa que el resultado ya está definido, algo más común en casos de regímenes autoritarios, aunque es posible también en regímenes bien democráticos cuando ya son muy claras las opciones de la gente.

Recordemos lo que ocurrió en Bolivia en las primeras elecciones por Evo Morales, donde su voto fue del 54% ya en la primera vuelta, muy por encima de todos los demás (el segundo, Tuto Quiroga, obtuvo apenas un 28,6%). Fue algo que no había ocurrido jamás desde que se había recobrado la democracia.

Por tal contundencia ya no fue necesaria una segunda vuelta. La abstención esa vez fue bajísima: apenas un 15,8%. Otros simplemente no votan porque no les va ni viene, ni fu ni fa. O como lo llaman algunos, por “manfutismo” (del francés je m’en fou).

Estos dos últimos casos son los que más deberían hacernos pensar, pues sus consecuencias pueden tener efectos muy importantes, sea a favor o en contra, de los que se abstienen por comodidad, por inercia o por otras razones poco convincentes.

¿Cuántos de ellos habrán inclinado la balanza hacia el sí o el no, en el referendo por la paz en Colombia?, ¿cuántos de los que ya preveían que ganaba el sí, y por tanto no fueron a votar, ahora se arrepienten de no haber ido? ¿Qué pasará los próximos días en la dura confrontación entre Hillary Clinton y Donald Trump?

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