Columnistas

Arbitrariedad y llunkerío en nominaciones

Este llunkerío repugnante puede derivar en un pernicioso ‘culto a la personalidad’.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

18:07 / 06 de noviembre de 2016

Nadie ha podido explicarme por qué una arteria principal de El Alto lleva el nombre del hijo de un exprefecto del departamento de La Paz (Franco Valle). En Santa Cruz también había una calle que tenía el nombre del hijo de un expresidente (Boris Banzer). ¿Quién o quiénes decidieron esas nominaciones y por qué razones? ¿Hicieron en sus vidas algo meritorio esos muchachos para que sus nombres sean recordados con la designación de espacios públicos? Me temo que no. Sospecho más bien que son designaciones arbitrarias y abusivas tomadas al calor de situaciones circunstanciales de poder. Lo peor es que después, como nadie pregunta, por costumbre ellas quedan aceptadas y adoptadas de modo permanente. Así construimos, frecuentemente, un imaginario común plagado de falsos héroes y carente de valores perdurables.

Y a la inversa, cuántas personalidades descollantes, de antes y de ahora, hombres y mujeres de gran mérito, vidas ejemplares que merecen ser recordadas permanecen en el anonimato o se les mezquina el reconocimiento que merecen. Ejemplos sobran, pero basta mencionar uno: apenas un establecimiento educativo en La Paz lleva el nombre de José Santos Tambor Vargas, comandante guerrillero de la independencia que dejó un increíble diario escrito de una década de luchas; y vale la pena revelar que esto es así gracias a la intervención de quienes trabajábamos en el semanario Aquí a fines de los años 80. Nosotros convencimos a su directora, la hermana Amparo Carvajal, para que rechazara el nombre de la esposa del canciller de entonces “porque había obsequiado un estandarte”, como algunos profesores y padres de familia querían bautizar al colegio. Hace poco se designó con el nombre del Tambor a la escuela militar de música en Oruro, no sin antes degradarlo de “comandante” a “sargento mayor”. Y para colmo, no se ha construido en esa ciudad el monumento cuya piedra fundamental colocó el presidente Morales hace ya cuatro años.

Entretanto, con alarmante frecuencia, están apareciendo designaciones con los nombres de autoridades en ejercicio, principalmente del Primer Mandatario, pero también del Vicepresidente y de otros funcionarios. Un llunkerío repugnante que puede derivar en un pernicioso “culto a la personalidad”, sobre el cual hablaremos en otra ocasión.

Por lo dicho hasta aquí se constatan dos cosas: no existe o no se cumple normativa alguna en relación a la nominación de establecimientos públicos, territorios, sitios, calles y plazas o eventos; reina una total arbitrariedad en este campo. Cualquier poderoso de turno puede darse el lujo de designar o permitir que se hagan esas designaciones con su propio nombre o el de alguno de sus parientes. Peor aún, en muchas comunidades existe la peligrosa inclinación a colocar nombres de autoridades en señal de agradecimiento por determinadas obras, como si éstas fueran un regalo de alguien y no el cumplimiento de obligaciones de los servidores públicos que manejan los recursos del Estado, es decir, la plata de todos.

Aunque sería mejor que por decoro las personas involucradas rechacen estos interesados halagos a su vanidad, resulta necesaria una ley específica al respecto. En muchos países, Cuba entre ellos, existen normas legales explícitas para evitar estas situaciones. Y hasta donde sabemos, el principio básico elemental que rige dicha normativa es que ninguna designación de este tipo puede recaer sobre personas aún con vida. Esta saludable disposición deja a la historia y a las generaciones futuras la valoración del aporte de cada quien. Un buen ejemplo a seguir, ¿no les parece?

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