Columnistas

Con el agua entre los dedos...

¿A dónde hemos llegado? A un estado de pánico tal, que el solo ver nubes negras es buena noticia

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Atahuichi

06:53 / 29 de noviembre de 2016

Que el agua en La Paz desaparezca de la represa de la noche a la mañana, hasta escurrirse en lodo, no es atribuible al cambio climático o a la falta de lluvias. Es solamente atribuible a la mala gestión de una empresa que —se supone— debió garantizar un buen servicio una vez intervenida su también deficiente antecesora.

Si en abril la Empresa Pública Social de Agua y Saneamiento (EPSAS), entonces regida por el interventor Hugo Gómez, certificó los máximos niveles de los embalses que alimentan del líquido vital a La Paz y El Alto, era impensable una crisis como la que ahora sufren esas ciudades.

¿A dónde hemos llegado? A un estado de pánico tal, que el solo ver nubes negras en el cielo es buena noticia, y reflejadas por los medios de información y las redes sociales, mientras miles de paceños hacen largas horas de filas para conseguir un bidón de agua, casi imposible en una región cuyos nevados parecían ser los eternos proveedores.

Ante tan dramática carencia, buscar culpables parece ser ocioso. Sin embargo, no puede quedar en la anécdota la tremenda ineficiencia de EPSAS, cuya conformación estuvo motivada por el cuoteo desde el Gobierno y del Movimiento Al Socialismo (MAS), como lo denunció en su momento La Razón en el primer número de su Informe La Razón, aquel lejano 16 de enero de 2012.   

¿Qué se hizo esa vez? Nada. Ni los medios de información ni los periodistas le dieron importancia a un hecho político que arriesgaba el servicio.

Hoy, la noticia del botín político luce como nueva, más allá de la grave crisis del agua que sufre La Paz.

Ni qué decir del Gobierno, que empoderó a las organizaciones sociales, especialmente de El Alto, para medrar de los ingresos de la firma estatal, cuya planilla es envidiable para una profesional medio del rubro. Todo, como deferencia a los sucesivos respaldos electorales.

EPSAS pudo racionar el agua desde cuando se alertó de la cruda sequía que sufriría el país. Los paceños no nos habríamos molestado con la medida con tal de contar con la provisión de agua previa a las lluvias que todavía se dejan esperar en La Paz. Nada, una indignante negligencia e incapacidad de sus ejecutivos pudo más que nuestra necesidad básica.

Las alcaldías de La Paz y El Alto tuvieron su cuota parte en esa crisis, resignaron sus competencias ante la intervención del Gobierno en EPSAS y se quedaron de brazos cruzados: no presentaron un proyecto de gestión local o metropolitana del servicio de agua potable —inacción que obligó la ampliación sucesiva de los plazos de intervención de EPSAS— ni coadyuvaron con el que prestaba la firma estatal (pudieron siquiera usar agua de las vertientes para regar los parques en vez de hacerlo con agua potable).

¿Y nosotros los ciudadanos de a pie? Si bien no es nuestra responsabilidad velar por la provisión del agua, es nuestra obligación ética preservarla. También tenemos cuota en ese sentido, por simples razones:

Tiramos la cadenita para dejar correr 18 litros de agua potable para cuarto litro de orina, limpiamos la acera de nuestras casas con manguera de agua de cocinar, lavamos el coche sin conciencia alguna, nos duchamos sin medir el tiempo, nos lavamos la boca mientras corre el agua a la nada... No tenemos idea de reciclar el líquido vital; tiramos agua útil de las lavadoras, no tenemos imaginación para cosechar lluvias...

Así, es lógico que el agua se nos escurra de los dedos. Triste, no tenemos conciencia de nuestro futuro y el de los que vendrán después.

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