Columnistas

Eduardo, su tumba es el mar

Esa dramática experiencia quizá le generó un inconsciente pacto de sangre con el país vecino.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

10:07 / 15 de enero de 2017

Puerto Montt, octubre de 2001. Una enorme multitud se ha congregado a orillas del mar en la curva de Pelluco, al pie de una colina donde hay un pequeño barrio. Él había bautizado con el sonoro nombre quechua Kay huasi (“esta casa”) el hogar pionero que construyó en la parte más alta. Después, algunos nuevos vecinos lo adoptaron para designar el lugar y así quedó en los primeros planos urbanísticos.

La orquesta ejecuta melodías clásicas mientras una pequeña embarcación en la que flamea la bandera tricolor boliviana se aproxima lentamente a la costa. El hijo mayor desciende de ella, y cuando las aguas alcanzan su cintura, vacía el contenido del pequeño cofre que lleva en las manos. Sus cenizas han quedado desparramadas en el mar, tal cual lo había dispuesto. Muchos de los circunstantes lloran mientras arrojan al agua las flores traídas para despedir al médico que, por más de un cuarto de siglo, había atendido a todos con esmero y dedicación.

Llegó a Chile pocos días antes del 11 de septiembre de 1973 para obtener una especialidad en cirugía. El hospital donde obtuvo una beca-trabajo se convirtió de pronto en uno de los centros del horror de aquellos días. Cientos de heridos y mutilados por la violencia del golpe pinochetista fueron traslados allí. Los médicos, él entre ellos, trabajaron sin dormir salvando vidas. Con lágrimas en los ojos años después contó esa dramática experiencia que quizá le generó un inconsciente pacto de sangre con el país vecino.

Terminada la especialidad se enfrentó a una decisión crucial. Volver a Bolivia, donde la dictadura de Banzer perseguía a varios de sus familiares y podía cualquier día incluirlo en sus listas, o buscar trabajo en algún recóndito lugar del largo mapa de Chile. Optó por lo segundo y se fue al sur con toda su familia. Pensó que su estadía sería corta, apenas el tiempo necesario para afianzar sus habilidades quirúrgicas. Pero el bello paisaje de bosques y lagos casi eternamente regados por la lluvia, el afecto con que la gente lo recibió y su apasionada dedicación al trabajo lo retuvieron allí 26 años. Cuando hacía preparativos en serio para volver a Cochabamba y llevar una vida descansada aunque siempre dedicada a aliviar el dolor humano, lo sorprendió la muerte. Ya no pudimos ir juntos al Carnaval de Oruro como lo habíamos planeado al recibir en su hogar el nuevo milenio.

Desde muy joven lo apodaron El Qh’echi por el corte de pelo erizado que usaba, sobrenombre que yo heredé al trasladarme a La Paz como El Qh’echi menor y que ciertamente conservo con orgullo, aunque muchos ignoran dónde se origina.

En algunas ocasiones, bajo el rótulo de “Siluetas”, intenté brindar en esta columna pinceladas sobre personas que conocí y que merecen ser recordadas. Renuncié a este propósito debido al riesgo inminente de convertirme en un escritor solo de obituarios, dada la cantidad de gente conocida que se adelanta en partir. Sin embargo, hoy hago la excepción en recuerdo de mi hermano querido, Eduardo Soria Galvarro, quien hubiera cumplido años este 12 de enero. La silueta de un boliviano de los muchos notables que circulan o circularon por el mundo.

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