Columnistas

La ignorancia es fortaleza

El fanatismo no fue la única fuerza oscura en acción en las elecciones en Estados Unidos.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

09:36 / 19 de febrero de 2017

Cuando viajo a Asia, es con bastante frecuencia que alguien me recibe en el aeropuerto con un letrero que dice: “Señor Paul”. ¿Por qué? En gran parte de Asia se pone primero el apellido y luego el nombre de pila; en Japón se hace referencia al primer ministro como Abe Shinzo. Y el error es totalmente perdonable cuando lo comete un taxista que va a recoger a un profesor.

No es tan perdonable, no obstante, si el Presidente de Estados Unidos comete ese mismo error cuando recibe al líder de uno de nuestros socios económicos y en seguridad más importantes. Sin embargo, sí sucedió: Donald Trump se refirió a Abe como, sí, el primer ministro Shinzo.

Abe no respondió, hasta donde sabemos, llamando a su anfitrión presidente Donald.

¿Trivial? Bueno, lo sería si se tratara de un incidente aislado. Sin embargo, no es el caso. Más bien, lo que hemos visto en las últimas tres semanas es un despliegue increíble de ignorancia cruda en cada frente. Peor, no hay un solo indicio de que ni la Casa Blanca ni sus aliados en el Congreso lo vean como un problema. Parecen creer que la pericia o, siquiera, la familiaridad básica con un tema es para los débiles; la ignorancia es fortaleza.

Vemos esto en los asuntos legales: en un análisis que se ha citado ampliamente, el experto legal Benjamin Wittes describió al decreto presidencial sobre los refugiados como “malevolencia atemperada por la incompetencia” y notó que se lee “como si, en absoluto, la hubiese revisado algún abogado competente”, lo cual es una buena forma para perder en los tribunales.

Lo vemos en asuntos de seguridad nacional, en los que el Presidente se guía dependiendo de un asesor principal, quien, aparte de las sospechas de su cercanía con el Kremlin, parecía obtener su información estratégica de los teóricos de las conspiraciones, de inclinación derechista.

Lo vemos en la educación, en las comparecencias de Betsy DeVos, la secretaria de Educación, que revelaron que es totalmente ignorante hasta de los problemas más elementales.

Lo vemos en la diplomacia. ¿Qué tan difícil es pedirle a alguien del Departamento de Estado que se asegure de que la Casa Blanca tenga bien los nombres de los dirigentes extranjeros? Al parecer, demasiado difícil: antes de la metida de pata con Abe, en la agenda oficial para la visita de Estado de Theresa May, la primera ministra británica, se escribió mal su hombre, en repetidas ocasiones.

Y en la economía —bueno, no hay nadie en casa—. Al Consejo de Asesores Económicos, que se supone que brinda la experiencia técnica, lo degradaron del nivel de gabinete, pero eso apenas si importa, ya que no se ha nombrado a nadie para que lo dirija. ¿Se recuerda todo lo que se dijo sobre un plan de infraestructura de billones de dólares? De ser así, por favor, hay que recordarle a la Casa Blanca, que no ha proporcionado ni un esbozo de una propuesta concreta.

Sin  embargo, no seré demasiado duro con el Tuitero en Jefe: el desdén por la experiencia es general en su partido. Por ejemplo, los economistas republicanos más influyentes no son académicos serios con una inclinación conservadora, de los cuales hay muchos; son conocidos gacetilleros quienes, literalmente, no tienen ninguna cifra correcta.

O, se puede considerar el pánico actual en el Partido Republicano por la atención de la salud. Muchos en el partido parecen impactados por haberse enterado de que la derogación de cualquier parte importante del Obamacare causará que decenas de millones pierdan el seguro. Cualquiera que estudiara el tema podría haberles dicho hace años cómo es que las piezas de la reforma sanitaria encajan unas con otras y por qué. De hecho, muchos de nosotros lo hicimos, repetidamente. Sin embargo, un análisis competente no era lo que se quería.

Y eso, claro, es el punto. Los abogados competentes podrían decirles que su prohibición a los musulmanes es inconstitucional; científicos competentes, que el cambio climático es real; economistas competentes, que las reducciones fiscales no se pagan por sí solas; competentes expertos en elecciones, que no hubo millones de boletas electorales ilegales; diplomáticos competentes, que el acuerdo con Irán tiene sentido, y que Putin no es amigo. Así es que la competencia debe quedar excluida.

En este punto, alguien tendrá que decir: “Si son tan tontos, ¿cómo es que ganaron?”. Parte de la respuesta es que el desdén hacia los expertos —perdón, “los supuestos” expertos— resuena en una parte importante del electorado. El fanatismo no fue la única fuerza oscura en acción en los comicios; también estuvieron el antiintelectualismo, la hostilidad hacia las “élites” que dicen que las opiniones deberían estar basadas en el estudio cuidadoso y la reflexión.

Asimismo, hacer campaña electoral es muy distinto a gobernar. Esto es especialmente cierto cuando los medios de información pasan muchísimo más tiempo obsesionados por los pseudoescándalos del oponente del que pasan en todos los problemas políticos reales juntos.

Sin embargo, ahora las cosas son reales y todos los indicios son de que la gente a cargo no tiene ni idea de lo que está haciendo, en ningún frente.

En cierto sentido, esta ignorancia puede ser algo bueno: la malevolencia puede, en efecto, atemperarse con la incompetencia. No se trata solo de la derrota judicial sobre la inmigración; la ignorancia republicana ha convertido lo que se suponía que era una arremetida en contra del Obamacare en un embrollo para el gran beneficio de millones. Y la implosión en la aprobación de Trump por el empleo podría ayudar a desacelerar la marcha hacia la autocracia.

Sin embargo, entre tanto, ¿quién está a cargo? Las crisis suceden y tenemos un vacío intelectual hasta arriba. Tengan miedo, tengan mucho miedo.

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