Columnistas

Noticias de Fernando Molina

Creo que nuestra ciudad sería mejor si dos tipos que escriben polemiza-sen sobre su obra.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

06:50 / 01 de marzo de 2017

Fernando Molina ha protagonizado estas últimas semanas su particular telenovela. Diego Ayo, el hombre que lo sustituyó al frente de la fundación de Doria Medina, lo ha acusado, vía polémica en un suplemento dominical de periódico, de transfugismo, de enamorarse del proceso de cambio. Ayo asegura que admira(ba) lo que Molina escribía; que lo leyó todo, menos su poesía. Su interlocutor puede responder casi lo mismo: ha leído todo lo que Ayo ha escrito, menos su novela negra-política En la cumbre, publicada por 3.600: la misma editorial y en el mismo año del poemario debut de Molina.

 Noticias de mí, con sus escuálidas 51 páginas, se publicó en 2015 y por supuesto pasó desapercibido. No hubo presentación ni crítica en los medios (nunca la hay). La obra se divide en tres partes: dos de poemas de amor (A la larga, Soledad) y otra titulada Tres caballos.

En las dos primeras, el poeta cae en un romanticismo recalcitrante, en un lamento constante, en un “blues”  de fatalismo interminable. El poeta Molina se regodea en su tristeza. En la tradición de la poesía cotidiana, sin embargo, no transciende; arruina imágenes logradas con explicaciones racionales salpicadas de un lirismo excesivo que molesta, propio de los vates bisoños. El poeta Molina ansía ser viejo para recordar aunque el único recuerdo será entonces el afán inútil de guardar emociones que no sintió por estar almacenando recuerdos. Molina, el poeta, es un fantasma en vida, incapaz de amar y gozar sin culpa. El otrora crítico de poesía ofrece registros desiguales y faltos de ritmo. Y a cambio obsequia dolor, mucho dolor, y ansias de sufrimiento, convencido como está de su remanida tesis: “no hay amor / sin dolor”. El poeta Molina es autodestructivo y se victimiza, quema los puentes bajo sus pies, labra su tragedia. “Pobres de nosotros los tristes / no hay sitio en la tierra en que no incomodemos”. Pertenece a esa cofradía que no tiene amigos ni valedores pero tiene poemarios tristes como Noticias de mí. Una cofradía ajena a “la de los otros / a los que envidio / (…) cancelado por la ferocidad de los alegres”.

Cuando el naufragio parece inminente, se avizora una isla. La última parte del libro es otra cosa: te cuestiona, te inquieta. Habla de hambre, guerra y muerte: los tres caballos. El poeta Molina enfrenta al hombre y a dios (con minúscula, por favor, estamos frente a un vate ex trotskista y ex gonista) ante su lugar en la historia. Y entonces —como la isla vista desde el naufragio resulta ser un continente— el poeta huye, como del amor. Reivindica el derecho a la fuga, primera hipótesis o simplemente a estar perdido, segunda hipótesis. En esa recuperación de destreza y profundidad brilla el poema más largo, La caída de Tiwanaku, otra fuga, primera hipótesis; otra ciudad perdida, como el poeta, segunda hipótesis.

Hace unos meses, camino del Siles para ver al “Derribador de campeones”, tropecé con el stronguista Ayo. Me pidió una foto conjunta y atigrados como estábamos disfrazados los dos, remató: “si la publico en las redes, no te joderán tus jefes del MAS, ¿no ve?”. La pelota pegó en el palo y respondí: “Por mí no hay problema, más bien, ¿no te joderán los tuyos a vos?”. Busquen en el muro y tuiter de Ayo, esa foto no existe (aún). Antes de despedirnos, hablamos sobre libros: “No sabía que te gustaba la literatura, ¿has leído a Piglia?”. Yo estaba en mi época Piglia (ahora estoy en modo Pepe Carvalho). A la respuesta negativa, llegó mi recomendación: “Lee El camino de Ida, no te arrepentirás, consejo de un evista, solo perdemos cuando nos metemos autogoles”.

 No sé si me hizo caso pero recién me entero, vía esa mencionada polémica, que Ayo no ha leído la poesía de Molina (y probablemente éste tampoco la narrativa de Ayo). A veces pienso que nos gastamos en huevadas. A veces creo que nuestra ciudad (decir país es una exageración) sería mejor si dos tipos que escriben polemizasen en los diarios sobre sus poemarios y sus novelas y no sobre la misma vaina monotemática que nos cansa y nos hace peores, tercera hipótesis.

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